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Animales adictivos

Lucía Etxebarria

Bea llevaba 20 años casada con el único hombre con el que se había acostado en toda su vida, y 10 sin hacer el amor. Él le decía que ella estaba tan gorda que nadie le iba a tocar ni con un palo. Cuando se divorciaron se abrió un perfil en una aplicación de móvil. Tinder.

Edu había sido un niño enclenque, la víctima perfecta para los matones de clase. Le empujaban en los pasillos, le quitaban las gafas. Entre los 11 y los 16 años, se pasó solo todos los recreos. Él sabía que le gustaban los chicos, pero a los chicos no parecía gustarles él. A los 21 se abrió un perfil en una aplicación de móvil. Grindr.

De pronto ambos empezaron a recibir solicitudes.

La primera vez ella eligió a un chico muy joven, como de anuncio, tallado en músculo y fibra. No buscaba una historia de amor, sino una revancha. Se bebió unas cuantas copas para entonarse. Fue más fácil de lo que había supuesto.

Para Edu fue la gloria. Era como si se pelearan por él ¿Eres nuevo en Grindr? Nunca te había visto ¿Activo o pasivo? Fotos, fotos. Una de cuerpo entero. Otra de tu polla y otra de tu culo. Cuánto te mide. La polla, memo, no va a ser la talla de tu camisa. Allí había de todo: activo/pasivo/inter/versátil; parejas con perfiles conjuntos; turistas en busca de cicerone, heteros confusos, chaperos, señores buscando a chaperos, camellos que vendían viagra, 'poppers', coca, tina y GHB…

La primera vez

ella eligió a un

chico muy joven,

como de anuncio.

Para Edu, fue la

gloria. Era como si

se pelearan por él

En poco tiempo ellos vivían una vida muy parecida, pero no se conocían de nada. Bea quedaba con chicos guapos, se dejaba invitar a copas, echaba dos polvos, después si te he visto no me acuerdo. Edu no necesitaba las copas ni las invitaciones previas, ni siquiera necesitaba saber sus nombres. Sí que se metía poppers y coca, viagra a veces. Acabó siendo pasivo porque a aquel ritmo era imposible ser activo.

Ninguno de los dos tenía más vida social que la de sus encuentros sexuales. Las hijas de Bea eran mayores y estudiaban fuera, Edu nunca había tenido amigos. Pero en realidad por mucho que al principio tanta atención les hubiera subido la autoestima, al final se la estaba destrozando, porque ambos se sentían utilizados, vacíos. Solos. Pero precisamente porque se sentían así recurrían de nuevo a la 'app', en busca de un nuevo contacto. Ninguno de los dos era tan ingenuo como para pensar que iba a encontrar a su Príncipe Azul en una 'app'. Su Príncipe Azul debía estar en un loft de Chueca viviendo con El Hombre de Su vida.

Los dos acabaron en la consulta del mismo psicólogo por un problema de ansiedad y depresión sin saber que su caso era bastante común y que se trata de una triple adicción cruzada: sexo/ alcohol-drogas/ 'apps'.

Bea se encontraba con un problema añadido. Habia escuchado mil veces hablar de hombres adictos al sexo, pero jamás había imaginado que una mujer pudiera serlo y esto le provocaba una vergüenza y una culpabilidad añadidas que probablemente no habría sentido con semejante intensidad en el caso de ser hombre. No quería contárselo a nadie, y aunque hubiera querido ¿a quién lo hubiera hecho, si no tenía amigas? ¿A esos niñatos que le echaban un polvo y la dejaban tirada después? ¿A sus tres gintónics diarios?

El caso de Edu era más común. Las adicciones cruzadas en hombres son tan frecuentes que hay incluso documentales sobre el tema. Eso facilitó que encontrara un grupo de terapia en el que pudo hablar sobre él y hablar con otros hombres en su misma situación.

La adicción a las 'apps'

La adicción a las

'apps' es como la

adicción a las

tragaperras. Nos

sube la dopamina,

nos excitamos,

nos pega un subidón

muy adictivo

es como la adicción a las tragaperras. La respuesta es que la finalidad de las neuronas dopaminérgicas es predecir episodios futuros. Mientras jugamos a una máquina tragaperras, mientras entramos en un app, no sabemos si vamos a recibir dinero o matches o contactos y las neuronas se esfuerzan por descifrar lo que sucederá. Nos sube la dopamina, nos excitamos, nos pega un subidón muy adictivo.

Inmóviles dormidos o despiertos sonámbulos, nada podemos contra la secreta ansiedad última que nos cruje dentro.

Y no basta con decidir en el sueño para no jugar porque la misma angustia nos vuelve a desvelar. El miedo de no ser sino un cuerpo vacío que cualquiera puede ocupar.

Y en no mucho tiempo, necesitamos otra vez estar conectados para volver a frustrarnos. Este círculo vicioso, haz trepidante, estridente, busca hacerse breve rayo definitivo. Somos humanos, animales gregarios, buscamos afecto, contacto. Eso nos convierte en animales adictivos. 

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