27 sep 2020

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El terrorismo global

Grupo de yihadistas marroquís.

Nihilismo yihadista

Albert Garrido

Olivier Roy defiende la idea de la islamización de la radicalidad frente a la del islam radicalizado

Una contradicción profunda alienta en la yihad de nuestros días, esta forma de acción directa emprendida por el islamismo radical, porque la muerte forma parte de su proyecto, pero tal «comportamiento no es ni islamista ni salafista», como explica Olivier Roy en su último libro, 'Le djihad et la mort', publicado en Francia este mes, donde presenta a los jóvenes militantes de la guerra santa poseídos por un nihilismo extremo. Se trata de un asunto recurrente en la búsqueda de los resortes que incitan a los muyahidines al combate, pero es Roy quien en mayor medida atribuye al yihadismo un ensimismamiento desbordado, ajeno a las enseñanzas salafistas: según estas, solo Dios puede decidir sobre la muerte.

El texto de Roy abona la idea de que se da en el presente un nihilismo fascinante que mueve a la acción, aunque sea a costa de la propia vida. Para quienes desde Europa deciden emprender el viaje a la carnicería siria para unirse al Estado Islámico, «el nihilismo no es su proyecto inicial», sostiene el autor, «pero ante el fracaso de su tentativa de yihad mundial, se repliegan más y más sobre una visión apocalíptica y desesperada que es nihilista». Y ese combate sin victoria posible es el que atrae a «jóvenes sin lazos con los conflictos locales, pero fascinados por el destino del mártir que de repente se le ofrece».

MATAR O MORIR

El sociólogo Gérald Bronner publicó el 2009 'La pensé extrême', donde analiza el mecanismo discursivo que lleva a algunos a matar o a morir, o a las dos cosas al mismo tiempo, en virtud de creencias sectarias. Su análisis se adelantó varios años a la conmoción universal por los atentados habidos en Francia y Bélgica desde enero del 2015, pero no se adentró en el impacto que la certidumbre del fracaso tiene en el proceder del terrorista adscrito a la yihad. Un fracaso que corroboran estudios que cifran en un máximo del 20% los musulmanes más o menos comprensivos con las proclamas del EI y de Al Qaeda, y en bastante menos del 1% los dispuestos a sumarse a la guerra santa en una situación extrema (un concepto del todo impreciso).
     Así llega Roy a una conclusión compartida cada vez por más especialistas: frente a la teoría de la radicalización del islam, defiende la idea de la islamización de la radicalidad. Frente a la profusión de organizaciones antisistema de toda índole, el yihadismo aparece como el 'summum' de la oposición a los 'establishment', incluidos los de los países de mayoría musulmana; frente a la distinción entre víctimas, que deben ser protegidas, y victimarios prevalece el principio de las víctimas necesarias, incluidos los militantes de la causa que pierden la vida en la brega, abatidos o por propia voluntad (mártires en ambos casos). En una palabra, la guerra santa es el hogar de los extremistas irrefrenables de hoy, o al menos de parte de ellos, como en un pasado no tan lejano lo fueron siglas de ideología muy variada. Y, por tal razón, esta yihad atemorizante y próxima es un ingrediente de nuestra modernidad, aunque sus eslóganes remiten a la noche de los tiempos.