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Relevo en la Casa Blanca

El idilio europeo con Obama

Cristina Manzano

Su último viaje como presidente estaba pensado como un gesto de cordial despedida a sus más fieles aliados, pero ha tenido algo de funeral

No se ha ido todavía y ya le echamos de menos. Barack Obama dejará un enorme vacío en Europa, una Europa donde ha generado siempre más entusiasmo que en muchos lugares de su propio país. Por eso, si su último viaje como presidente estaba pensado como un gesto de cordial despedida a sus más fieles aliados, ahora ha tenido algo de funeral, por el que se va y por el que viene.

Por mucho que Obama trate de tranquilizar a sus interlocutores europeos sobre la solidez de la relación transatlántica -la que ha dado al mundo occidental paz, estabilidad y progreso como nunca-, la incertidumbre que Trump ha suscitado con sus agresivas y erráticas declaraciones en la campaña electoral no deja margen al optimismo. Se respira un aire de cambio de era, donde parece estar en juego unos valores que creíamos inamovibles, basados en la democracia, los derechos humanos, la solidaridad y el respeto a las leyes…

EXPECTATIVAS FALLIDAS

Pero pese a la admiración confesa por el presidente Obama, su relación con Europa no ha estado siempre a la altura de las expectativas. Si al principio las diferencias más notables se produjeron en el modo de atacar la crisis económica -la apuesta por los estímulos en EEUU frente a la austeridad a ultranza impuesta por la cancillera alemana en la UE- el aireado pivote a Asia provocó un ataque de celos en el campo europeo.

La teoría era que la especial relación entre ambos lados del Atlántico estaba tan arraigada que el líder de la mayor potencia global podía centrarse en otros terrenos que requerían más su visión y su atención. La realidad fue que la Unión, golpeada en sus pilares por una crisis que, pensaba, tenía su origen en EEUU, se sintió emocionalmente abandonada a su suerte.

Más tarde Wikileaks ofrecería un 'desnudo integral' de la diplomacia americana, causando numerosas situaciones incómodas a propios y extraños; pero fue sobre todo el escándalo de las escuchas de la NSA, que salpicó a buena parte de los líderes europeos, el que abrió una herida que ha costado curar. También ha habido numerosos reproches por la resistencia europea a asumir un mayor peso en su propia defensa, algo en lo que, por cierto, coincide con el presidente electo (aunque con el fondo y las formas muy diferentes).

El último episodio en el campo de las desavenencias familiares ha venido directamente de la calle: la negociación del Tratado Trasatlántico de Comercio e Inversiones. El famoso TTIP fue presentado como la salvaguarda final del orden occidental, pero se ha topado con el rechazo frontal de importantes sectores de la sociedad tanto europea como norteamericana. Hoy, con Trump a las puertas de la Casa Blanca, el acuerdo parece haber firmado su acta de defunción.

Curiosamente, que la realidad no se haya correspondido con la ilusión que generó no ha mermado la admiración europea por el presidente saliente. Será la necesidad de seguir teniendo un político en quien creer y a quien emular, algo imposible con su sucesor. En Europa echaremos de menos a Barack Obama. Y a Michele también, por supuesto.

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