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Clinton no es el mal menor

Marta López

Con un rival como Donald Trump delante, cualquier otro aspirante demócrata a Casa Blanca llevaría una ventaja mucho más holgada que la que pronostican las encuestas -1’8 puntos de media según el seguimiento diario que hace RealclearPolitics.com. Para alguien con una trayectoria como la de Hillary Clinton – 38 años de dedicación pública como primera dama de Arkansas, primera dama de Estados Unidos, senadora y secretaria de Estado- no debería haber supuesto ni medio problema enfrentarse a un neófito en política como Trump en esa larga carrera para situarse al timón de la primera potencia del mundo.

Y sin embargo, la realidad ha transformado lo que debería haber sido un cómodo paseo hacia la Casa Blanca como colofón a un larguísimo  y no siempre fácil camino recorrido -¡toda una vida!-  en un trecho tortuoso. Su solidez, cualificación y dilatada experiencia no cuentan ante una ola de populismo global donde un excéntrico multimillonario se ha erigido el portavoz  de los que se sienten maltratados por las élites, que arremete contra el sistema y la globalización que ha arruinado sus vidas. Trump es la patada al ‘establishment’. Y nadie más ‘establishment’ que Clinton. Inteligente y  preparada,  pero ‘establishment’ a fin de cuentas.

El precio de los errores

Luego están sus errores, que los ha cometido, por supuesto. El uso de su correo personal cuando era secretaria de Estado lo es. Y también la opacidad que rodea la relación en esa época con los donantes de la Fundación Clinton. Errores que han engordado la imagen de deshonesta que de ella tienen el 60% los estadounidenses.

 Clinton es impopular. Se le reprocha una extrema ambición, un apego por el poder, un feminismo impostado, una estrecha relación con Wall Street. Le echan

Hillary Clinton es la élite, comete errores y no gusta. Además es mujer y eso le resta

en cara la fortuna cosechada, se la critica por seguir con un marido infiel. Los escándalos la persiguen desde que empezó a acariciar el poder, allí en Arkansas en los años 80, estado sureño y pobre, donde tuvo que renunciar a su apellido de soltera, Rodhman, para facilitar la reelección de Bill Clinton como gobernador. Todos los ha capeado, los políticos y los personales.

Resumiendo: Clinton es la élite, comete errores y no gusta. Pero además es mujer. Y aún gusta menos por ser mujer, un tipo de mujer a la que le gusta el poder. Hábil, luchadora y constante que se ha pasado la vida saltando obstáculos y preparándose hasta llegar a lo más alto. ¿Y...? Puede costar creer que pueda haber alguien que prefiera a un hombre excéntrico y peligroso como Trump en el Despacho Oval. Pero ser mujer le resta, como resta ser negro.

 Pero no ha sido ella quien ha puesto sobre la mesa su condición de mujer. Ha sido Trump, con su machismo, su misoginia y sus insultos: «Asquerosa»  le dijo. Lindezas parecidas ha dedicado a latinos y musulmanes. Por todo ello, una cosa debería quedar clara: la elección de Clinton no es el mal menor. Es muy trascendente. 

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