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Al contrataque

Todos los que llegan se van un día y lo único que podemos hacer los que nos quedamos es a hacer las maletas

Y un día te llaman por teléfono y te dicen que ha muerto alguien a quien querías mucho, un miembro de una familia que durante años fue la tuya (con la que compartiste Navidades y bodas y festejos varios) y que, a veces, lo sigue siendo. Los huérfanos, los nómadas sentimentales que hemos tenido que elegir a nuestra familia, tenemos varias y suelen ser fantásticas.

Logras entender, a través del llanto al otro lado del teléfono, que la joven fue arrollada por un tranvía, que murió al instante, que no sufrió, que no tuvo tiempo de darse cuenta de lo que le ocurría. Y llamas a algunos amigos, no para decirles que S. ha muerto, sino para decirles que es imposible que S. haya muerto. Como no aciertan a decir nada, piensas que están un poco tontos, te armas de paciencia y les explicas que es imposible que una chica joven y lista y guapa (pero aunque hubiese sido feísima y boba) y bondadosa y divertida (aunque hubiese sido malévola y un plomo) y con tantas cosas aún por hacer en la vida, haya muerto.

STEINER Y OPPENHEIMER

Y de repente, sin que venga a cuento, recuerdas la anécdota que cuenta Steiner sobre Oppenheimer. Al parecer, un día, en un pasillo de la universidad, oyó como el físico le decía a uno de sus alumnos: "¡Es usted tan joven y ya ha hecho tan poco!". Les explicas a tus amigos que S. era precisamente lo contrario, que había hecho muchas cosas, pero que tenía que hacer muchas más, que es imposible que haya muerto. Solo son capaces de decirte que lo sienten muchísimo.

Y entonces te repites cien veces, mil veces, doscientas mil veces, la extraordinaria frase de Heidegger: "Somos los invitados de la vida". Nada más. Y los invitados, un día, se van.

Unos invitados que, si eran bien educados y decentes, dejaron la casa un poco mejor que como estaba antes de que llegaran ellos, tal vez dejaron un ramo de flores encima de la mesa del comedor o un dibujito sobre la mesilla de noche o una carta en la repisa de la chimenea. Tal vez limpiaron los cristales para que entrara más luz en la casa y todo fuese más alegre y soportable. Tal vez barrieron concienzudamente el suelo llevándose algo del sufrimiento y de la pena que arrastramos todos.

Y SE VAN

Tal vez pulieron los espejos para que al mirarnos no nos viésemos tan feos y asustados y, gracias a eso, nuestro propio reflejo cambió y se volvió más amable y sonriente. Tal vez tejieron mantas invisibles con las que abrigarnos cuando nos sentimos solos. Tal vez dejaron un tarta de queso en la nevera.

Todos los invitados se van un día. Lo único que podemos hacer los que nos quedamos es seguir arrancando los hierbajos del jardín, echarle de comer a la tortuga y empezar a hacer, lentamente, las maletas.

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