Ataque de cuernos

El fallo del Constitucional no busca preservar la tradición taurina ni restaurar las corridas a Catalunya. Solo devolver la ofensa al Parlament

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José Tomás sale a hombros, en noviembre del 2011, en la última corrida en la Monumental de Barcelona.

José Tomás sale a hombros, en noviembre del 2011, en la última corrida en la Monumental de Barcelona. / RICARD FADRIQUE

Al levantar el veto a las corridas de toros en Catalunya, y a reserva de que el fallo se conozca en su integridad, ya podemos avanzar que en el Tribunal Constitucional (TC) se ha roto el consenso interno respecto al contencioso catalán. Y ello ha sucedido, además, a cuenta de una ley del Parlament cuya parcial anulación no acarrerará consecuencia alguna para la tauromaquia; solo servirá para ahondar la batalla identitaria.

Tras la guerra de presiones, recusaciones y manipulaciones que llevó al alto tribunal a mutilar el Estatut refrendado por los catalanes, encendiendo la mecha de la actual eclosión independentista, los magistrados se conjuraron para restituir el prestigio de la institución. Con el noble propósito de que el conflicto territorial se resolviese por vías políticas y no jurídicas, el presidente del TC y exmilitante del PP Francisco Pérez de los Cobos acordó con los restantes magistrados que los pleitos entre el Estado y Catalunya se dirimieran siempre por unanimidad. Y así ha sido... hasta que con los toros hemos topado.

Diferentes circunstancias acentúan el carácter esperpéntico de este debate. La primera, que el Parlament dio la estocada a las corridas cuando ya agonizaban, y es harto improbable que la Monumental reabra sus puertas aunque Generalitat y Ayuntamiento lo propiciaran, cosa que no harán.

El segundo reparo, quizá presente en las deliberaciones de sus señorías, versa sobre la fundamentación jurídica del fallo: que el Parlament no puede regular la lidia porque es "patrimonio cultural inmaterial" de España, competencia exclusiva del Estado. Pero el recurso del PP invocaba un artículo de la Constitución que no alude a los toros, a los que el Gobierno catalogó como "patrimonio cultural" cinco años después de que Catalunya los hubiera prohibido. Hecha la ley, hecha la trampa.

LA PIEL DE TORO

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El tercer sinsentido es que Canarias desterró la tauromaquia hace ya tres décadas sin que nadie protestara. Y sin que se desgarrase la piel de toro. 

El fallo, pues, no busca salvaguardar el toreo, sino devolver la ofensa al Parlament. Lo que, más que una agresión a la soberanía catalana, sería un ataque de cuernos.