29 oct 2020

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Dos miradas

Estado en el que quedó la vivienda de Premià de Mar en la que hubo una explosión el 18 de septiembre. 

EFE / ALBERTO ESTÉVEZ

Cristales

Emma Riverola

La devastación generada por la violencia machista escapa de los hogares y tiñe de sangre a la sociedad entera

Las ventanas estallaron y miles de pequeños cristales cubrieron los muebles, el suelo, los libros, las plantas… Fuera, la devastación fue peor. La calle aún está cortada. Un par de camiones trabajan retirando cascotes. El piso de ella está devastado. El edificio, desalojado. La explosión fue tan fuerte que hirió la pared maestra. Dos semanas después, en los inmuebles más cercanos aún se observan los efectos de la onda expansiva. Marcos de ventanas que enmarcan el aire, persianas retorcidas, el lametón negro de las llamas… La calle está animada, los niños juegan en un colegio cercano. En el bar donde él se emborrachó la noche antes, una mujer toma un café. La gente va arriba y abajo. Pero algunos se paran, justo en la esquina en la que asoma el edificio. Se paran e interrumpen sus conversaciones durante unos segundos... Y siguen su camino.

A medida que avanza la investigación, crece la hipótesis de que la explosión de hace un par de semanas en Premià de Mar fue un crimen machista. Uno más. Esta vez el hombre no se habría conformado con apuñalarla o matarla a golpes o estrangularla. Habría querido hacer algo más grande. «La voy a liar», le dijo horas antes a un vecino. El asesinato, la explosión, la onda expansiva fueron reales, pero también son una trágica metáfora del alcance de la violencia machista. Una devastación que escapa de los hogares y tiñe de sangre a la sociedad entera. Miles de cristales clavados en nuestra piel.