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La carrera hacia la Casa Blanca

La razón de los perdedores

Jordi Graupera

En condiciones normales, yo también me sumaría al orfeón de periodistas y analistas norteamericanos que, ya desde la mitad del debate, afirman que Hillary Clinton dejó en evidencia a Donald Trump. Ella, presidencial; él, un pobre hombre. En condiciones normales, me bastaría con explicar que ella tomó el control de la escena y que él era incapaz de aguantar el hilo argumental durante más de 20 segundos, y cómo este hecho en cierta manera es una sopresa, si lo comparamos con los debates de las primarias del partido republicano, en los que, rodeado de hasta una quincena de contrincantes, The Donald era capaz de ser el centro de todos los focos y decidir el tema de conversación, soltar las frases más hirientes y cómicas, humillar a los adversarios y meterse al público en el bolsillo.

También podría señalar que, por otra parte, a diferencia de aquellos debates en los que entre una cosa y otra a duras penas los candidatos podían hablar un cuarto de hora, esta vez, ante una conversación cara a cara de una hora y media, estaba forzado a concretar las propuestas, desarrollar las frases brillantes, sostener un discurso coherente durante tres cuartos de hora y que, en este nuevo escenario, Trump parece el tipo de mal estudiante, inteligente y perezoso, incapaz de estar a la altura de las circunstancias porque está acostumbrado a vivir de renta, de ser un matón de instituto y de frases demagógicas y populistas sin ningún contenido real.

Podría dibujar, si las condiciones fueran las normales, un contraste claro con la candidata Clinton, quien supo transmitir una mezcla de la condescendencia presidencial de Commander in Chief, de la seriedad profesional propia de quien tiene el país y el gobierno en la cabeza, y de la actitud de niña empollona que las mujeres parecen forzadas a poner en primer plano para demostrar que son tan válidas como los hombres, incluso si se trata de un pobre hombre, hortera y chulopiscinas como el Trump del lunes por la noche.

Trump necesitaba demostrar que tenía madera de presidente, y no solo de troll hilarante; debía apaciguar los miedos de los indecisos —mucho más numerosos que en condiciones normales—, que temen que sea un loco, narcisista e ignorante, corriendo por ahí con los códigos de lanzamiento nuclear bajo el brazo. Si este era el objetivo —como nos habían dicho durante toda la semana los periodistas, expolíticos y tertulianos de los medios norteamericanos— Trump fracasó, y Clinton ganó, de largo. 

En condiciones normales, citaría los mercados de apuestas, que claramente concluyeron que Clinton había arrasado. En Betfair.com, durante el debate, se movió hasta un millón de dólares en apuestas: las probabilidades de Trump cayeron cinco puntos porcentuales y las de Clinton, subieron seis. O los estudios empíricos que hacen las televisiones, con votantes indecisos de grupos demográficos claves en estados decisivos: mientras hablan los políticos, les dan un mando con botones de aprobación y desaprobación, y se puede seguir en directo cómo reaccionan a cada frase. La exsecretaria de Estado dominó, el hombre de negocios se hundió

En condiciones normales, ella salió como la más lista, la más sabia, la más poderosa, y él, como un pobre hombre, enrabietado, y fácil de provocar. 

Pero estas no son unas elecciones normales. El éxito de Trump se aguanta sobre la existencia de una pobre gente, enrabietada, a la que se le ha acabado la paciencia; gente que no solo está hasta las narices del establishment de Washington, que no solo ha dicho basta a que los traten de ignorantes mientras se les degradan las comunidades, que no solo está harta de que los más listos de la clase les digan que son cosa del pasado mientras se les muere la industria, que no solo ya ha tenido bastante de las performances de la superioridad moral mientras todos sus gestos, prestigios y autoridad han perdido significado, que no solo no está dispuesta a perder la batalla cultural que pone en cuestión su família y su moral y su fe, —últimas trincheras de una vida plena—; además, han acabado volviéndose impermeables a las virtudes de todo lo que Hillary Clinton representa. En estas condiciones anormales, la victoria intelectual y simbólica de sus adversarios les da la razón. Son los perdedores y deben dar un puñetazo sobre la mesa, un puñetazo contra todo lo que parece normal. 

Es posible que la indiscutible victoria de Hillary Clinton tenga un impacto electoral prácticamente nulo.

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