30 mar 2020

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En contra del celibato

El Papa saluda a un joven sacerdote antes de una misa en el estadio de Amán (Jordania).

EFE / AMEL PAIN

Misoginia y control

Enric Canet

La norma no emana del Evangelio y surge, junto al veto a la mujer a presidir comunidades cristianas, para generar un cuerpo de poder

¿Es el celibato una exigencia del Evangelio? Para San Pedro no; estaba casado. Para San Pablo era una utilidad, nunca una obligación. La única norma que vemos en los primeros escritos cristianos es: «El pastor de una comunidad (obispo) debe ser irreprensible, marido de una sola mujer (Tim, 3,2)». Es a lo largo de la historia de la Iglesia cuando, además del veto a las mujeres a seguir presidiendo comunidades cristianas, se obligó el celibato para los hombres ordenados (obispos, presbíteros, diáconos). No se cumplió mucho hasta que en el siglo XII se impuso taxativamente. Aunque luego siguió sin cumplirse del todo. Alejandro VI, un papa catalán, tuvo muchos hijos.

¿Por qué se impone el celibato en la estructura jerárquica católica? Es complejo. Dos razones son la misoginia y facilitar el control. Genera un cuerpo de poder del que se depende económicamente, que puede transmitir consignas, que puede ser trasladado, evitando que el patrimonio de la parroquia vaya a los hijos. Además, un célibe crea menos ataduras y puede actuar desde un plano de superioridad. Los lazos desde la igualdad generan participación, incompatible en un gobierno piramidal. Por ello, los curas participativos no cuadran en el sistema. Paralelamente a la estructura jerárquica, mujeres y hombres deciden ser célibes y pobres como opción vital. Para servir a la causa de Jesús y amar menos egoístamente y como revuelta contra el sistema. El celibato no emana del Evangelio, que es una propuesta de vida y de sociedad, y no una ley. Unos textos donde apenas se habla de matrimonio o sexo, pero sí se insiste en la pobreza radical y en la cercanía a los excluidos.

LA ASIGNATURA PENDIENTE

La elección del celibato no hace ni mejores ni peores. Ni facilita el trabajo. Hay muchas mujeres y hombres, casados, que se entregan con más intensidad a su proyecto de vida, que gente célibe, a veces casada con su egoísmo y su riqueza. Sea cual sea la elección, hoy en día las relaciones humanas son también muy amplias y ricas. Nuestra afectividad, nuestra ternura, nuestra cercanía se despliega no solo en una persona concreta, sino en muchas mujeres y hombres, en grados muy diversos.

Y si es un obstáculo para las vocaciones, ¿no sería mejor y más fácil que cada comunidad cristiana escogiera a su responsable y el obispo lo ordenara? ¿Sea mujer, hombre, casada o célibe? Quizá comenzaríamos a solucionar una asignatura de la Iglesia: la discriminación de la mujer.

El celibato como opción pública eclesial se debe hacer para seguir la propuesta de Jesús: priorizar la misión de luchar por la justicia, contra las opresiones y para reducir el dolor humano. Por ello, en la Iglesia, el celibato que no sirve para esta propuesta... no sirve para nada.