20 sep 2020

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Dos miradas

Misioneras de la Caridad el sábado pasado en el Vaticano, donde el domingo fue proclamada santa la madre Teresa de Calcuta.

GIORGIO ONORATI

Cómplices

Emma Riverola

La pobreza a veces es un instrumento de poder, como quizá lo fue para Teresa de Calcuta

La pobreza es un crimen, afirmó el papa Francisco en la canonización de Teresa de Calcuta. Sí, un crimen cometido por criminales respetados y admirados. Un mal amparado por millones de cómplices que se sienten eximidos de toda culpa. Quizá nosotros mismos. Los que votamos y adoptamos formas de vida que la causan y la perpetúan.

La pobreza se pega como la roña a las rodillas de un niño. Es esa mancha que tratamos de ocultar, pero que nunca acaba de irse y delata un momento pasado sin fortuna. La pobreza es un patio de atrás destartalado. No desaparece por muchos candados que pongamos en la puerta que los guarda. A veces es un instrumento de poder, como quizá lo fue para Teresa de Calcuta. Un aparador para lucir la caridad, que tan a menudo es una forma elegante y vanidosa de egoísmo. La pobreza es una epidemia en los rincones de África, Asia y América Latina. Es la infección vergonzante de los países ricos. En las mochilas de los niños pobres, el futuro no es un folio en blanco. Ni un bonito rompecabezas por resolver. Faltan piezas y sobran borraduras y los padres sienten que su fracaso está ahí, en una herencia de restas, en un porvenir mellado. La pobreza es el embalse de los detritus de la opulencia. Las ayudas, demasiadas veces, solo son baldes que eliminan la presión excesiva. Lo justo para que las aguas se mantengan calmas. Para que no inunden los jardines de la prosperidad. Al fin, una opción política.