11-S caníbal

Alimentar un sueño es bello, pero si en la ensoñación se deja de luchar por mejorar la realidad, no es más que una pesadilla

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El presidente de la ANC, Jordi Sànchez, conversa con Lluís Llach, en la asamblea de la entidad.

El presidente de la ANC, Jordi Sànchez, conversa con Lluís Llach, en la asamblea de la entidad. / EFE / SUSANNA SAEZ

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«Porque somos el sueño, estamos a punto». «Queremos que la voz de toda la gente que forma este país se oiga». «Somos soberanos, somos la República Catalana». El texto de la ANC que llama a celebrar la Diada no deja lugar a dudas. No apela a los que creen en un sueño, sino que deja por sentado que todos estamos en ese sueño. La redacción cumple una legítima función de motivación, pero la forma es también el fondo. Hay una pulsión antropofágica en el lenguaje nacionalista. Un repetido denuedo por canibalizar las diferentes voluntades. De llevárselas a la boca, masticarlas y vomitarlas como si fuera una única voluntad patria.

Este año, los participantes en el acto deberán alzar de forma sincopada unos puntos, como un pálpito. Pero en Catalunya no todos somos puntos de un mismo dibujo. Hay de todos los colores. Y también los hay que se difuminan hasta la invisibilidad. Seremos libres, dicen algunos, mientras cada día miles de personas pierden su libertad atenazadas por la pobreza. Eso vendrá después, responden. ¿Después de qué? Ya nadie cree en el término de los 18 meses. Tampoco los que lo prometieron sabiendo que era una farsa. El espejismo de la independencia exprés ha copado todos los esfuerzos, ha secuestrado a los medios públicos y ha servido de coartada para relegar el combate por la justicia social. Alimentar un sueño es bello, pero si en la ensoñación se deja de luchar por mejorar la realidad, no es más que una pesadilla.