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DOS MIRADAS

Terror ambulante

AFP / VALERIE MACON

Terror ambulante

Josep Maria Fonalleras

Siempre recordaré el día en que el Pato Donald, víctima de un delirio galopante causado por el calor, la pesadez del disfraz y las malas condiciones económicas, atacó a un sobrino mío en Disneyland París. Le agarró la libreta de autógrafos (mi sobrino ya tenía el de Micky Mouse y dos o tres más), se la destrozó y empezó a chillar como un pato energúmeno. El pobre niño tardó meses, quizá años, en superar ese trauma.

Es muy posible que eso no les pase a los visitantes de los estudios Universal que este verano andarán entre zombis en 'The walking dead', un pasaje del terror a lo grande. O una inmensa casa del miedo, como las que llegaban a mi pueblo en la fiesta mayor, pero a lo bestia. Por cierto, el hombre lobo era, al mismo tiempo, el encargado de vender los tíquets.

No les va a pasar porque, para su salud mental, ya son del todo conscientes de que esos muertos que caminan son estudiantes en prácticas o profesionales del asunto. No como mi sobrino, que estaba convencido de departir con el mismísimo Pato Donald. Será todo lo terrorífico que ustedes quieran, pero no le veo la gracia en pagar una entrada para huir por piernas de un terror ambulante, que en eso consiste la atracción. Por desgracia, de terrores ambulantes ya empezamos a saber bastante. Sin pasar por caja y sin disfraz ni maquillaje, cada día tenemos una ración.

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