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Uno de los momentos de la ceremonia inaugural.

EFE / ORLANDO BARRA

Que cosa 'mais linda'

Gerardo Prieto

Un escenario prebélico. Eso parecía Maracaná en las horas previas a la ceremonia de apertura. Tanquetas acorazadas, helicópteros y grupos de militares armados hasta los dientes, algunos apostados en puentes y pasarelas con miras telescópicas y fusiles de asalto, velaron por la seguridad. No hubo incidentes de mención. Triunfó la alegría y la pluralidad, la música y los colores cálidos.

Más que nada, lo que querían los cariocas era olvidarse de sus innumerables problemas y 'sambar' hasta cansar. La samba llegó al final de la emocionante y efectista ceremonia de apertura, que incluyó las actuaciones de artistas como Paulinho da Viola, Caetano Veloso y Gilberto Gil, entre otros  grandes iconos de la música brasileña.

La fiesta empezó con 'Aquele abraço' cantado por Luiz Melodía y terminó con el abucheo al presidente en funciones Michel Temer cuando éste declaró inaugurados los Juegos de la XXXI Olimpíada. En medio, el éxtasis cuando sonó el 'Pais Tropical' y el 'Rap da felicidade', el himno de los desheredados en las favelas. Una y otra vez, los cariocas se levantaban de sus asientos y a bailar. Los guiris, entretanto, se hacían el selfi de la sonrisa forzada o velaban el estadio olímpico con sus celulares. Todo  espectacular y contagioso, como corresponde a un país enamorado de la música y el baile, cuajado de diversidad racial y cultural.

Otra vez la fiesta celebrada en Montjuïc hace 24 años sirvió de referente para los 50 primeros minutos de ceremonia en Río de Janeiro. De nuevo el mar y sus reflejos, esta vez un océano, fue uno de los grandes protagonistas. Carlos Drummond de Andrade poetizó la orilla de Copacabana como "el mar que escribe una ciudad”. La música de Tom Jobim, que se arrancaba a cantar cuando volvía a Río desbordado de saudade y divisaba desde el avión la playa de Ipanema, sonó otra vez para la 'garota' Giselle Bündchen, que cruzó la cancha del Maracaná con ese balanceo que es más que un poema. La modelo siguió el camino trazado por las líneas en su día diseñadas por el arquitecto brasileño Oscar Niemeyer, y terminó frente a una favela virtual situada al fondo de la cancha carioca. Si entras en una favela real, puede que salgas pelado (desnudo), aseguran los cariocas. El guion de la ceremonia, retocado a última hora, impidió saber si la garota Bündchen tiene la piel dorada por el sol de Ipanema.  

CARNAVAL EN INVIERNO

El alegato ecológico no podía faltar en un país cuya floresta alberga, todavía, la mayor biodiversidad del Planeta. Cada atleta recibió una semilla de un árbol autóctono, "para plantar la paz y dejar que crezca" en el Parque Olímpico. Demasiado simbólico, quizás. En el perímetro de Maracaná fluye un canal de aguas fecales cuyo olor resulta intolerable. Jobim debe estar más triste que nunca, rodeado de una belleza  que existe pero que sucumbe a la codicia de cada día.

Desde el 92, los estrenos olímpicos han ilustrado la historia y, sobre todo, el carácter de quien las organiza. De la grandiosa majestuosidad de Pekín a la extravagante excentricidad de Londres, las ceremonias de apertura solo cambian en la forma y muy poco en el fondo. En Río, la noche del viernes seguía latiendo el barullo  del carnaval en pleno invierno austral: samba, color, mucha alegría y no poca  sensualidad.

Para el a veces tedioso desfile de los mejores cuerpos del Planeta, la megafonía del Maracaná descargó ritmos latinos e incluso se atrevió con la rumba zaireña. Cero reguetón, un detalle digno de agradecimiento. El equipo español se llevó, de nuevo, la medalla de oro al desmadre, compartiendo podio con brasileños y estadounidenses. Muy poco queda de aquellos desfiles paramilitares de antaño. Debe resultar difícil no mover las caderas y mantener la marcialidad cuando suena la sabrosa poli-ritmia latinoamericana. El gran aplauso se lo llevó el equipo de refugiados bajo la bandera olímpica y la selección palestina. El pueblo brasileño, acostumbrado a sufrir y a gozar al mismo tiempo, rescató de la miseria y el abuso, por unos instantes, a quienes la sufren a diario.