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La rueda

Cuestión de unilateralidades

Enric Marín

El nacionalismo español hizo un cálculo erróneo en su relación con Catalunya

En el debate sobre las conclusiones de la Comissió del Procés Constituent se han definido nítidamente dos concepciones. Los favorables a las conclusiones de la comisión son consecuentes con la idea de que la nación catalana es un sujeto político legitimado para abrir un proceso constituyente aunque el poder constituido español se oponga. Los contrarios subordinan el derecho a decidir de los catalanes a los poderes del Estado. De hecho, una de las obsesiones de los políticos y magistrados que jibarizaron el Estatut del 2006 fue desdibujar la definición nacional de Catalunya. No era un debate estrictamente nominalista.

Para los soberanistas, la metáfora de la relación entre Catalunya y España es una relación de pareja. Pero para los unionistas, Catalunya no es un cuerpo, solo es parte de un cuerpo indivisible. Es decir, subsistema subordinado. Si Catalunya no fuera una nación, los unionistas podrían argumentar razón legal y política. Pero en caso contrario, el derecho democrático internacional y la razón política asisten a los soberanistas.

Si en una pareja formada por iguales una de las partes expresa insatisfacción y deseo de separación, no se puede cuestionar esta voluntad por unilateral. Sencillamente, es un derecho inalienable. ¿Qué sentido tendría someter la voluntad de independencia al permiso de la otra parte? Otra cosa es que la otra parte intente rehacer la relación o que haya que pactar las cláusulas de la separación.

Cuando el cambio de milenio, el nacionalismo español hizo un cálculo erróneo en relación a Catalunya. Desde entonces, la negación de la singularidad nacional catalana ha impulsado el distanciamiento constante de los centros de gravedad de la política catalana y de la política española. Paradójicamente, la unilateralidad catalana es consecuencia de ese no reconocimiento, también unilateral.

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