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Artículos de ocasión

La gran guerra de Norteamérica

David Trueba

Estados Unidos está involucrado en una guerra cruenta y dramática desde hace años. Es un conflicto bélico que no responde a los patrones habituales donde un país agrede a otro. Es una guerra propia, pero no es una guerra civil donde la patria se divide en dos bandos enfrentados. No, es una guerra interna, subterránea. La guerra de un país contra sí mismo. Cada año, los norteamericanos se ven involucrados en tiroteos y asesinatos por armas de fuego que no responden a intereses criminales, sino a estallidos de rabia, sinrazón, odio y rencores acumulados. Pero es una guerra que nadie ha declarado y, por lo tanto, no existe. El año pasado se cobró 11.000 vidas y la cuenta crece cada año que pasa. Hasta que no viví en Estados Unidos no comprendí del todo la cultura de las armas. Un amigo mío decidió comprarse una pistola porque no se sentía seguro en su casa de barrio, en una zona deprimida de Los Ángeles. Me lo contó y traté de disuadirle. Un arma no iba a quitarle el miedo, sencillamente iba a introducirlo en una resolución violenta de sus miedos. Pero para mi amigo, en un país con más de 300 millones de armas repartidas entre sus ciudadanos, lo más inteligente es hacerte tú también con un arma y estar preparado para repeler cualquier ataque.

Mi amigo compró su pistola por catálogo. Entonces no funcionaba internet, así que rellenamos el cupón de compra y una semana después le entregaban el revólver y el primer recambio de balas. Mi amigo y yo vivíamos cerca, así que el barrio deprimido y peligroso era el mismo para los dos, pero yo sostenía que era más serio permanecer alerta que permanecer armado. Él no estaba de acuerdo. Una tarde fuimos al cine juntos. Íbamos mucho al cine juntos. Recuerdo que aquella vez fue para ver 'Reservoir Dogs', cuando se estrenó en un cine del barrio con certera propaganda que prometía violencia inteligente. Mi amigo había ligado con una chica y la chica trajo a otra chica para que hiciera pareja conmigo. Les ahorraré los detalles de cómo acabó mi relación con ella, dan para una comedia y esta columna pretende ser seria y reflexiva. Las dos chicas eran guapísimas y la que me correspondía como pareja tenía además un pelo rizado que se abría enorme sobre su cabeza como un mar de bravo oleaje. Unos chavalotes comenzaron a lanzar palomitas desde los asientos traseros sobre el pelo de mi novia, llamémosla así, y de su amiga. Las palomitas se enredaban en su pelo precioso y la chica comenzó a importunarse.

Yo me volví un par de veces, pero al comprobar que eran más fuertes y numerosos, me dediqué a quitarle palomitas del pelo a la chica y a fingir que aquella bromita pesada no importaba lo más mínimo. Hasta que vi cómo mi amigo echó mano de la riñonera de cuero que llevaba a la cintura, ese bolsito que en España, qué tiempos viriles, llamábamos mariconera. Mi amigo introdujo la mano en el bolsito y acarició la empuñadura de su revólver. Le miré. Mi amigo me devolvió la mirada con un gesto que jamás he olvidado. Quería decir, lo ves, gilipollas, ahora vas a ver para qué sirve llevar un arma encima. Reaccioné rápido. Me levanté y convencí a las chicas para que nos moviéramos a las filas delanteras. Los chavalones se burlaron de nosotros cuando nos vieron cambiarnos de sitio, luego nos reacomodamos y vimos la película hasta el final sin mayores incidentes. En España arreglamos las cosas así, le traté de explicar a mis tres acompañantes con un gesto de cobardía y humillación.

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