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Mi hermosa lavandería

Nada donde apoyar la cabeza

Isabel Coixet

Supongo que no soy la única a la que le pasa esto, ni mucho menos: noches en las que te despiertas a las tres de la madrugada y desfilan ante ti los acontecimientos del día anterior, bajo el espejo deformante del cansancio. Cosas que debiste hacer y pospones una y otra vez, hasta que la sola mención de esa tarea no realizada te provoca náuseas. Palabras que no debiste utilizar porque sospechabas el efecto letal que iban a tener, y a pesar de eso las dijiste. Meteduras de pata, equívocos, preocupación por los tuyos, angustia generalizada, sentimiento de no estar haciendo lo que debes hacer y de malgastar el tiempo. Estamos hablando de las principales causas del insomnio.

En esas noches, entonces, se abren ante ti distintas posibilidades: la primera es tomarte una pastilla. Pero piensas que si te la tomas ahora que ya son las tres y media, ¿conseguirás levantarte a la hora a la que se supone que debías levantarte? ¿Cómo pasarás la mañana? ¿Serás capaz de funcionar? Descartada la química, te queda la opción tila. Te levantas, te preparas una tila, te tomas la tila y esperas. Y nada. Mientras esperas, decides leer. El libro de Edna O’Brien que tantas alabanzas ha suscitado te provoca un extraño malestar: un asesino huido de la guerra de los Balcanes instalado en la campiña irlandesa y trabajando de masajista. Si hay algo que puede quitarte definitivamente el sueño es una trama semejante. 

La tila no hace efecto. Buscas otro libro. Y abres uno que yacía olvidado en la mesilla de noche, sepultado entre otros que, teóricamente, te apetecía leer antes. Se llama Rien où poser sa tête (Nada donde apoyar la cabeza), de una autora que no te suena de nada: Françoise Frenkel. El prólogo es del nobel Patrick Modiano. Se trata de la historia contada en primera persona de una mujer polaca que, en pleno despertar del nazismo, abre una librería francesa en Berlín. Es un texto honesto, sencillo, directo, modesto, tierno.

Hacía tiempo que no leía algo que me emocionara hasta el punto de no poder soltarlo hasta que la alarma del móvil me devolviera a la realidad de mi habitación. Supongo que lo traducirán muy pronto y el libro tendrá en España el mismo éxito que está teniendo en Francia. Hay muchas cosas que me gustaría decir de este libro. Pero esta mañana el mundo ya no me parece un lugar tan oscuro gracias a la voz luminosa de Françoise Frenkel.