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Todo está en la nube

Josep Maria Pou

Frente el miedo al vacío, mi ordenador me desafía con sonrisa socarrona

Me doy cuenta, en el momento de empezar a redactar estas líneas, que paso más tiempo con el ordenador que con mi familia o mis amigos. Y, sin embargo, nunca se me ha ocurrido decirle "Te quiero". Nos sentamos a diario, uno frente al otro, en largas sesiones de muchas horas. Sé que me mira mientras le miro. Ahora mismo está frunciendo el ceño. ¿Por qué estoy convencido de que me conoce mucho mejor de lo que nunca podré llegar a conocerlo?

En este momento sabe, como yo, que mi mente está en blanco. Que apoyo los dedos en el teclado por pura inercia, vacío, yermo. O peor aún, aterrorizado ante 2.400 caracteres que llenar y nada que decir. Me desafía, con sonrisa socarrona: "Anda, valiente, estrújate el cerebro y cuéntame algo jugoso". El ratón, a su vez, se ofrece voluntarioso: "Ponme la mano aquí, Macorina, ponme la mano aquí". Las teclas se mueven inquietas: "A mí, a mí, púlsame a mí, que tengo cuerpo de jota". Y de repente, mi mesa de trabajo parece una película de Pixar: los objetos me miran, me hablan, cobran vida, hacen piña unos con otros, con el único propósito de sacarme del marasmo, de convertir su ruido en inspiración, su baile en soplo. Quiero salir corriendo de lo que ya es pura pesadilla, pero no puedo; estoy atrapado por el compromiso de entregar esta columna a la hora en punto.

Me rindo y pido ayuda. Se hace el silencio. Y aparece, en el centro de la pantalla un puntito blanco, níveo, inmaculado. Fijo la vista. El punto se hace más grande. Ya es ojal y ya es ventana. Me acerco. Asomo la cabeza por entre los visillos y el blanco se hace azul. Un azul infinito en el que no se distingue límite o abismo. Me atrevo a más y estiro la mano, que se pierde entre azules diversos. Toco algo. Mullido, suave, tan blando por fuera que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Horror. Creo que estoy manoseando a Platero. Mis disculpas, maestro Juan Ramón. Pero no. Porque esto, sea lo que sea, cabe entero en la palma de mi mano. Descansa en ella.  Recojo el brazo con cuidado y atravieso, de vuelta, el cristal de la pantalla.

Y entonces me doy cuenta. Mi ordenador, generoso, solícito, cómplice, comprensivo, me ha regalado justo lo que necesitaba: la nube. La famosa nube. "Todo está en la nube" cantarían ahora Vainica Doble. Abro, pues, la nube con cuidado.  Y busco tema para el próximo artículo. Porque este, de miedo en miedo, ha cubierto sus caracteres y ya está hecho.

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