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La rueda

La quimera del cambio

Enric Marín

En Catalunya, el resultado del 26-J ha cerrado un paréntesis de tímidas expectativas

En el ocaso de su reinado, el actual Rey emérito se refirió al proceso soberanista catalán como una quimera. No fue el único tropiezo real de aquellos días. El caso es que, vistos los resultados electorales del pasado fin de semana, lo que parece realmente quimérico es el escenario de un cambio en España. No tanto por la previsible victoria del PP como por la prima que los populares parecen haber recibido en aquellos territorios en los que más casos de corrupción han aflorado desde el 20-D. También por la evidente falta de alternativa. Basta con echar un vistazo a la definición cromática de los mapas electorales para entender que Catalunya y el País Vasco son los dos únicos territorios en los que el bloque dinástico ya es un actor político secundario. Y, de hecho, solo en Catalunya se expresa una voluntad de cambio inequívoca: más decantación de las preferencias electorales por opciones progresistas y/o independentistas.

Que el soberanismo es vivido como una amenaza nada quimérica por parte de los poderes de Estado lo demuestran el contenido descarnado y pornográfico de las conversaciones entre el ministro Fernández Díaz y el director de la Oficina Antifrau, o las consecuencias judiciales del 9-N. La política no es solo lucha por el poder, pero la cuestión del poder siempre es nuclear en todo conflicto político. Y soberanía es poder. Al fin y al cabo, la reivindicación soberanista es exigencia de poder político, económico y cultural. Más poder y políticas más democráticas y más equitativas. Ni más ni menos. Y, si puede ser, pactando un referéndum con el Estado. Pero tal y como ya ocurrió con el Estatut, la respuesta ha sido diáfana. De modo que en Catalunya las elecciones generales han cerrado un paréntesis de tímidas expectativas. Los próximos meses estarán marcados por la recuperación de la iniciativa política del independentismo.

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