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Solo en Utah

LEONARD BEARD

Si alguna vez me ven corriendo por la calle, es seguramente porque me persigue un elogio. Y de nada hay que huir con más prisa. Eso sí, después de agradecerlo, porque no hace falta que les recuerde aquella frase de Jules Renard, cuando decía que quien no acepta un elogio es porque quiere dos y que en su caso le bastaba con uno porque lo apreciaba a la primera. Luego he visto cómo los elogios derribaban más barreras que las bolas de demolición. Y me han fatigado los que nunca elogian a nadie que no sea ellos mismos y encima lo tratan de vender como un rasgo de independencia. No soy de esos puristas que creen que el elogio debilita, sino todo lo contrario: bien administrado, fortalece y ayuda a continuar. Lo importante es detectar la pureza del elogio, su falta de interés, su ausencia de retorcimiento o de intereses disfrazados. Por eso cuando corro huyendo de un elogio lo hago por dos razones. Una, por si viene acompañado de un chantaje o un intento de condicionarte o esclavizarte. Dos, por si viene coronado de una afrenta. El elogio en España suele funcionar así: nos suena tan culpable hablar bien de alguien que inmediatamente añadimos una propina negativa. Como un familiar mío que cuando elogiaba un plato bien cocinado el domingo de reunión siempre añadía una coletilla: “No como el domingo pasado, que te quedó requemado y pegajoso”. Así el elogio era una oportunidad para la crítica con espoleta retardada.

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Para un elogio sincero uno nunca está preparado por una sencilla razón: si te conoces a ti mismo, sabes que no estás a la altura. Así que el elogio muchas veces es como cuando te regalan un frasco de colonia: está muy bien, pero inmediatamente piensas si hueles mal. Todo este preámbulo, dictado por la culpa, me lo ha despertado un elogio inesperado al que no sé cómo responder. En su despedida del baloncesto profesional, el jugador Raül López leyó en Bilbao unas notas de agradecimiento y, al citar a las personas que habían ayudado a hacer más feliz su carrera, incluyó la novela Cuatro amigos, de la que fui autor, sin importarle hundir su prestigio intelectual. Recordé entonces que hace muchos años, por medio de uno de mis hermanos, un preparador físico le había pedido si yo podía dedicarle un ejemplar a aquel jugador porque estaba atravesando una lesión grave y pugnaba por poderse incorporar a los Utah Jazz de la NBA, que lo habían fichado. Los deportistas de élite, cuando están lesionados, son personajes trágicos, sombras de sí mismos. Y quiero pensar que en aquellos días duros y desamparados, más aún para un chico de Vic que vive en Salt Lake City, con el ligamento cruzado anterior de la rodilla derecha roto, los personajes de la novela servían de algo así como la pandilla de amigos distantes o perdidos. 

Lo único equivocado en el agradecimiento es la dirección, pues no es algo que deba venir de él hacia mí, sino todo lo contrario. Cuando alguien escribe, sueña con encontrar un lector como lo fue él. Hacer compañía a alguien es la única manera de sentirse acompañado. Por eso, asumiendo el escarnio público, aquí va la devolución correspondiente, con acuse de recibo. Gracias a ti y suerte en la nueva vida. Yo ya estoy corriendo de nuevo, no para huir del elogio, sino para alguna vez llegar a estar a la altura.