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Mi hermosa lavandería

El coraje de la víctima sin nombre

Isabel Coixet

Dos jóvenes suecos, Lars y Arndt, pedaleaban, hace unos meses, por el campus de Stanford, cuando vieron, detrás de un contenedor de basura, la silueta de un hombre moviéndose encima de una mujer. Pero la mujer no se movía. Aparcaron las bicicletas y se acercaron. Vieron a Brock Turner, un estudiante de Stanford del equipo de natación, violando a una mujer inconsciente. Le instaron a parar. No lo hizo. Le apartaron de la mujer, echó a correr, le persiguieron, le atraparon y le sujetaron. Llamaron a la policía y a una ambulancia. Lo que sigue ha ocupado los titulares de todos los periódicos del mundo en las últimas semanas, pero no por la singularidad de los hechos. 

El nivel de violaciones y abusos sexuales en los campus universitarios americanos y la pasiva actitud de las autoridades ante ellos es algo que ya no sorprende a nadie. La manera en que, con un cinismo asombroso, se responsabiliza a las víctimas tampoco es noticia: los abogados de la parte de los acusados se aferran a cualquier minucia para enfangar la imagen de la mujer agredida y la someten a brutales y humillantes interrogatorios que no se han visto ni en los Juicios de Núremberg. Tampoco la insignificancia de las condenas: en el caso de Brock Turner, aunque el jurado le consideró culpable dado lo escandalosamente abrumador de las pruebas contra él (llegó a hacerle una foto al cuerpo desnudo de la chica y enviársela a sus amigos), el juez le condenó a tan solo seis meses de cárcel, sin siquiera le expulsó de la universidad, ya que es una figura del equipo de natación, haciendo caso al ruego del padre del acusado, un conocido abogado, que manifestó que la sentencia no podía arruinar la vida de su hijo por tan solo “twenty minutes of action” ( “20 minutos de acción”).

Lo que hace que este caso sea singular es el testimonio que dio la víctima en el juicio ante su atacante y ante el tribunal. Pocas veces he leído algo tan coherente, emocionante, con una claridad de ideas y de corazón que, sinceramente, espero que amargue las noches del juez, del acusado y de toda la familia de ambos, así como de todos a los que se les pase por la cabeza abusar de una mujer, consciente o inconsciente. El testimonio de esta estudiante de 23 años sin nombre describe con detalle qué significa despertarse en una cama de hospital, con agujas de pino en el pelo y maleza por todo el cuerpo, y darse cuenta de que tu cuerpo ha sido violado. Qué imagen te devuelve el espejo. Cómo cambia la mirada. Cómo destroza la confianza en ti misma y en el mundo que te rodea. Cómo la vida no vuelve a ser igual. Ha sido leído en todas las cadenas de televisión de Estados Unidos y millones de veces en la red. Es de esos textos que unen la emoción a la inteligencia de saber que, por mucho que se racionalicen las cosas, hay un daño que se ha hecho y que va a obligar a la víctima a aprender a vivir de nuevo. El texto empieza diciendo: “Tú no me conoces, pero tú has estado dentro de mí, por eso hoy estamos aquí”. No se puede ser más claro y contundente. Si tienen oportunidad, léanlo. Ojalá sirva para que alguien se lo piense dos veces antes de cometer un delito y destrozar la vida de una persona. Ojalá.