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Burros de noria se felicitan mutuamente

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Burros de noria se felicitan mutuamente

LEONARD BEARD

Un amigo mío puso el dedo en la llaga. Me llamó para felicitarme por algo de lo que yo había hecho, no recuerdo si era una película o un libro. Cuando se esforzaba por convencerme de que su elogio era limpio y sincero, caímos en la cuenta de que ya no nos creíamos. Pertenecemos, me dijo, a profesiones tan habituadas a felicitar y asegurar que nos ha gustado algo sin ser cierto que ya nunca nos creemos la felicitación de nadie. No sé si es mi caso, porque los elogios me encantan y trato de agradecerlos cuando me llegan. Pero algo de razón tiene mi amigo. Además, no creo que sea solo algo intrínseco a las profesiones artísticas. Es cierto que felicitamos a compañeros por su obra de teatro, su película, su novela, su disco, y luego cuando estamos en la intimidad con otro grupo de amigos ajeno al autor ya nos permitimos la sinceridad y la crítica. No hay nada más odioso que una persona que se pone a ser sincera en tu cara. Es muy desagradable, un poco de hipocresía se agradece. Si no te ha gustado algo, adopta versiones que no sean hirientes.

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Entre la gente del cine, se impusieron hace años los modelos de frases que quieren decir que la película no te ha gustado nada sin decirlo. Basta con que digas, al salir del estreno, hablamos mañana, ya te llamaré, estupendo, ¿de dónde has sacado a ese niño? o ¿de verdad rodaste en alta mar? La más famosa frase la inventó Billy Wilder, que, cuando acudía al estreno de un amigo y no sabía qué decir ante una película bastante mala, se limitaba a repetir efusivamente: esto es una película, no lo dudes, esto es una película. Pero lo que me hizo pensar en la reflexión de mi amigo es que ahora necesitamos un doble esfuerzo para parecer creíbles cuando algo nos gusta. Ya no vale con encontrarse con el autor y felicitarlo. Se impone un grado más para transmitir sinceridad. Por ejemplo, decirlo públicamente. Si lo dices en la tele o lo escribes en el periódico, me ha encantado tal cosa, te comprometes ante el resto del mundo. Parece un paso adelante, pero no. Hay mucha gente en los medios que utiliza el elogio para trepar. Yo hablo bien de este y luego él hablará bien de mí. Gracias a ese esfuerzo compartido se inventó Twitter, donde una serie de adultos se adulan mutuamente. Si uno carece de nombre, entonces sí, se dedica a insultar a todos, a ver si se hace un nombre.

Así que hemos inventado nuevos pasos. Llamar a un amigo común y que haga de correa de transmisión contando cómo has estado media hora elogiando su libro. Esto lo hace un amigo mío desde hace años y le funciona. También está llamar a varios amigos y familiares. Oye, cómo me ha gustado tu prima en la obra de teatro. Fantástica. Y así hasta que estos sistemas, cuando estén ya muy usados, pierdan también su credibilidad. Pronto habrá que contratar vallas de anuncio para asegurar que te ha gustado mucho la película de alguien o su libro de poemas. Esto no tiene fin. Solo de pensarlo me agobia. Lo que sería más fácil, quizá, es que dejáramos de darle tanto valor al elogio ajeno y también a su censura. Y empezar a caer en la cuenta de que la única actitud comparable a la del artista o el creador, como nos gusta tanto llamarnos, es la del burro de tiro. O la mula de noria, que cumple con su destino sin esperar más que un puñado de paja al terminar la jornada.