ARTÍCULOS DE OCASIÓN

Declaración ocasional de Derechos Humanos

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Declaración ocasional de Derechos Humanos

LEONARD BEARD

La última oleada de refugiados sirios hacia Europa trajo familias enteras acosadas por los bombardeos, la perpetuación en el poder de un dictador sanguinario, el acoso de las milicias islámicas y los secuestros y extorsiones de bandas liberadas de toda ley que acabaron por destruir la clase media. Este drama de proporciones indecentes recibió una primera respuesta solidaria por parte de los europeos. Pasados unos primeros meses, la magnitud del exilio forzado y las políticas particulares de los países que esas personas atravesaban en su camino hacia el norte rico europeo condenaron a la política de la Unión a un ejercicio de funambulismo agotador.

La irrupción de líderes locales con un criterio propio sobre emigración descabaló las cuentas alemanas, donde se era capaz de asilar a dos millones de personas con un esfuerzo solidario coordinado y valiente. Países como Hungría, Macedonia, Dinamarca o Polonia plantearon con claridad que no pensaban seguir las directrices de la Unión Europea, sino establecer su propio control. Y el resto de dirigentes nacionales respiraron tranquilos, quizá porque no se atrevían a mostrarse en público de manera tan vil pero guardaban idéntica prevención. Los días de Schengen, el acuerdo de libre circulación de ciudadanos en el continente, estaban contados. Salvar ese derecho logrado como base de un acuerdo entre naciones se convirtió en una prioridad superior incluso a la acogida humanitaria.

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Esta es, a grandes rasgos, la historia de la emigración reciente. Los esfuerzos por hacer entender a la población europea que era necesaria una reacción solidaria de emergencia han fracasado. Los nacionalismos resurgentes invocan una superioridad pragmática. Los ciudadanos perciben como vacuos y carentes de realismo los llamamientos a la ayuda. Sí, queremos ayudar, se dicen, pero sin perder ninguno de nuestros privilegios, sin poner en riesgo ninguna de nuestras comodidades. La emigración sigue mirada como un enemigo, jamás como un aliado del crecimiento, pese a que esta ha sido la clave de décadas pasadas. Cualquier articulista que se atreviera a proponer una mirada humanitaria era tildado de buenista, y su empeño, de irrealizable. Toca proteger las fronteras y finalmente no han sido pocos los episodios de crueldad policial en los pasos aduaneros. Crueldad que tiene, además, un rasgo rastrero cuando se ejerce contra mujeres y niños, primera línea de exilio.

Esta realidad obliga a reformular la Declaración de los Derechos Humanos no tanto como una conquista universal, sino con una nueva visión particular. Derechos Humanos Depende. Derechos Humanos, según me vaya. Derechos Humanos, según me convenga. Derechos Humanos, según me salgan los números. Derechos Humanos, siempre y cuando... Derechos Humanos, sin exagerar. Derechos Humanos, pero sin buenismo. Derechos Humanos, según quién y cuándo. Derechos Humanos, cuando estén mirando, cuando vaya a confesarme, cuando sea el Día Internacional de los Derechos Humanos, pero hay 364 días restantes para imponer distancia higiénica. Es, por tanto, esta nueva Declaración Ocasional de Derechos Humanos la que ha entrado en funcionamiento en el caso de los refugiados que huyen de la guerra. Su acogida no es prioritaria, la pacificación de su país no es una urgencia, el establecimiento de unos mínimos de disposición para su salvaguarda está condicionado al calendario electoral de cada líder europeo en su propio país. Y así se transforman las declaraciones rimbombantes en otra cosa. Bueno es saberlo. Por si algún día nos toca acogernos a esos derechos.