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Al contrataque

Meryl Streep y Robert Redford, en una escena de Memorias de África.

Cuéntame un cuento

Milena Busquets

Cuando en una relación ya hemos dicho todo lo que teníamos que decir, empezamos a contar. Y ahí empieza lo interesante

El mundo se divide entre las personas que dicen y las personas que cuentan. No creo que, por ejemplo, mi madre y Ana María Moix tuviesen ya muchas cosas que decirse, se habían conocido de muy jóvenes y habían pasado toda la vida hablando, pero cada día encontraban cosas nuevas que contarse. Yo me burlaba de aquellas dos mujeres que, pasados los 60 años, seguían llamándose por teléfono constantemente como hacía yo en la adolescencia con mis amigas del alma.

Más tarde tuve un novio al que a veces llamaba Susanito porque era igual de rollista que la Susanita de Mafalda y, para contarme que había ido a comprar el pan a la tienda de la esquina, me explicaba la biografía completa y detallada de cada una de las personas con las que se había cruzado por el camino.

Pues bien, ahora mi hijo de 8 años, cuando está con su padre, me llama para charlar. No me llama para decirme nada en particular pero me cuenta mil cosas, muchas más de las que me cuenta cuando estamos juntos y un gesto (yo apartándole el flequillo o poniéndole la mano sobre la frente, él sentándose en mi falda) ya es suficiente.

Y eso me parece la señal inconfundible de que se está convirtiendo en un adulto de buena calidad (hay otras, la reacción inmediata y furibunda contra cualquier injusticia, por ejemplo). Héctor busca temas, inventa o exagera historias y empieza a manejar con soltura las pausas y la intriga. Mi hijo ya ha descubierto que una de las mejores maneras de enganchar al otro (casi tan infalible como una caricia) es a través de las palabras.

La prisa y las historias

Lo sabía Sherezade, lo sabía Isak Dinesen (mi escena favorita de Memorias de África es cuando ella invita a Finch Hatton y a Cole a cenar y, al final de la cena, les cuenta un cuento. Creo que es en ese preciso instante cuando Robert Redford se enamora de ella. Ella le regala un mundo y él se enamora de ella, claro) y lo sabe mi hijo de 8 años.

No es algo evidente, la prisa hace que dejemos de contarnos historias. No es lo mismo decir: «Ayer se me estropeó el coche y tuve que llamar al RACC» que «Justo ayer, cuando había quedado con Fulanito, del cual estoy secretamente enamorada desde hace años, el coche se quedó sin gasolina por culpa de mi mala cabeza y entonces, mientras esperaba a que viniese el tío del RACC…». Y no es lo mismo dormirse en medio del silencio que entrar en las tinieblas acompañado de un voz amiga, aunque sea la de la televisión.

Cuando en una relación de amistad, de amor, de trabajo o de lo que sea, ya hemos dicho todo lo que teníamos que decir, empezamos a contar. Y ahí empieza lo interesante. Cuando todo ha sido dicho.

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