21 oct 2020

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Ni Matute ni Marsé

Jenn Díaz

Hace dos años estuve a punto de conocer a Ana María Matute. Al periodista Xavi Ayén se le había ocurrido reunirnos para que charláramos, para que la maestra y la discípula se vieran las caras y un periódico pudiera dar cuenta de ello. Yo, que solo había visto a Matute en prensa y televisión, que no había podido saludarla nunca y sabía de ella solo lo que puede saberse de ella a través de sus libros o de las crónicas que otros han escrito, no veía el momento de encontrarme con una de las pocas escritoras vivas que admiraba. Pero el momento tendría que esperar, porque Ana María se había caído con tal mala sombra que se había dado con la máquina de escribir en la cara. Ya es mala suerte y casualidad. Tenía, si no recuerdo mal, un moratón en la cara nada fotogénico, así que tendríamos que dejar que las heridas sanaran para poder posar juntas ante las cámaras. Antes de que pudiéramos vernos, Ana María Matute murió. No fue hasta pasados los días que caí en la cuenta de que aquella entrevista a dos había quedado colgada, y que ya nunca podría tener esa pieza entre los recortes de prensa.

El otro día a otra periodista se le ocurrió que Juan Marsé y yo podríamos encontrarnos y charlar sobre literatura, escritura y vida. A Marsé lo leí en el instituto, con una sustituta de literatura que nos aconsejó que, si se nos hacían pesadas algunas descripciones de 'Últimas tardes con Teresa', nos las podíamos saltar. Entonces a todos nos pareció una idea brillante y la aplaudimos y estuvimos riendo de su ocurrencia hasta que nos examinamos del libro.

Quería contárselo a Marsé, y hacerle algunas preguntas, y poner en común algunos temas, que para eso era la entrevista y la exclusiva. Aquel día tenía curso de escritura creativa y tuve que anular la clase -con el correspondiente enfado de algunos alumnos-, pero bien valía la pena. A las seis y media habíamos quedado el fotógrafo, una periodista y yo en la puerta del escritor. Este no se me escapa, pensé en el ascensor. Le habían mandado un ejemplar de mi última novela, y no sabía si me encontraría con el Marsé amable del que me habían hablado o el otro, del que también me habían hablado. La puerta se abrió, pero no era Marsé. No estaba en casa, sino en el hospital. Pensé en la Matute, en la conversación que nunca tuvimos.