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ARTÍCULOS DE OCASIÓN

Premio y factura

DAVID TRUEBA

La temporada de premios al arte y la cultura arranca en el mes de enero y termina en el mes de diciembre, dejando un rastro de resentimiento, falsa percepción de éxito, dolor, olvido y decepción. También trae, gracias al amparo de los medios a todo lo que tenga que ver con la competición, la resonancia de nombres, obras, esfuerzos. Resonancia que no tendrían, en muchos casos, si no vinieran asociados a algún galardón o reconocimiento. Meter goles se ha convertido en la profesión de todo creador, actor, artista o intelectual. Si no mete goles, no se sabe nada de él. Por meter goles entendemos el hecho de convertirse en protagonista de una jugada afortunada, estar donde tienes que estar en el momento mediático adecuado, saber rematar la faena. Los premios, y su búsqueda, se han convertido en una rama de la pasión artística, que hasta hace unos años se desempeñaba basada solo en la vocación y el ánimo particular. No parece que el fenómeno vaya a hacer otra cosa que consolidarse y crecer hasta la extenuación en los próximos años. La pereza de buscar entre la cultura y el entretenimiento lo que muestra esmerada calidad fomenta que dejemos que sean otros, con apariencia de neutralidad, los que decidan qué es lo que hay que ver, escuchar, leer o pensar.

Pero sería estúpido que no nos detuviéramos a pensar sobre el coste de alcanzar una distinción. Todo tiene su precio. Ahora sabemos, gracias a algunas investigaciones en el Vaticano, que no se puede aspirar a la beatificación de alguien si quienes lo proponen no están dispuestos a gastarse como mínimo medio millón de euros. Solo abrir la causa tiene un coste oficial de 50.000 euros. Así que, si los santos necesitan un lobi detrás, no es tan raro que otros menos beatos y milagreros necesiten de un apoyo así. Hace algunos años supimos que para concederle una medalla en Washington al presidente Aznar los españoles tuvimos que rascar dos millones de euros de nuestros impuestos. Mejor que lo paguen otros. En la carrera por los premios Oscar, por ejemplo, se considera que la mínima campaña para optar al premio le sale a un productor por casi siete millones de euros, que incluyen el envío de DVD a los miembros internacionales de la Academia, publicidad, pases, presencia en medios y otros necesarios modos de hacerte visible para el votante. Un premio mucho menor y sobre el que siempre pesan sospechas de corrupción y amaño, el Globo de Oro, requiere más de medio millón de euros para concederte una posibilidad.

Sería maravilloso si al premio otorgado le pudiéramos añadir el coste. En ocasiones el coste es solo personal, una dedicación, un empeño, pero en otras es un asunto casi de Estado. No quiere esto decir que los premios tengan siempre un destinatario equivocado, ni que el dinero consiga la felicidad o la aleje. Hay, por suerte, muchos y muy variados destinos para los empeños profesionales. Pero sí es bueno moderar el entusiasmo de los premiados y acrecentar el conocimiento de los espectadores. Nada sale gratis en esta vida. Por eso resulta tan esencial que el mundo cultural, que al menos regala un complemento de vida a la gente, no así las beatificaciones y los galardones políticos, permitiera la supervivencia del criterio, la crítica y el esfuerzo divulgador por encima del resultado del premio y el concurso. Todo un reto para nuestros medios de comunicación.

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