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MI HERMOSA LAVANDERÍA

Una de las grandes paradojas de esta excelente película es que, salvando las distancias geográficas y sociales, habla de una mujer iraní, Nahid, cuyas luchas, contradicciones, falta de autoestima y afán de contentar a todo el mundo no se hallan tan alejadas de muchas mujeres de nuestro continente. Es cierto que la cinta de la joven directora Ida Panahandeh nos muestra una sociedad en la que las mujeres son ciudadanos de cuarta fila, sometidos a extraños códigos de honor sin ningún sentido, víctimas de una hipocresía institucionalizada destinada a que no se muevan nunca del escalón más bajo. El concepto de “matrimonio temporal” (algo que, de no existir, parecería salido de una película de Lubitsch), una argucia destinada a legalizar ante la ley relaciones esporádicas, es una prueba más de la hipocresía como motor de una sociedad enferma: uno de los jueces que formaliza este tipo de uniones le pregunta al marido por un mes de Nahid: “¿Usted quiere un matrimonio o una suscripción?”. 

'Nahid' (interpretada con coraje por la gran actriz Sareh Bayat) emprende desde la primera imagen de la película una huida hacia adelante con consecuencias funestas. La vemos mentir a su casero, al que debe dinero; al padre de su hijo, un yonqui violento del que está divorciada; a su prometido, a su hermano, a su mejor amiga. Asistimos a su incesante trote hasta el agotamiento por las calles de una ciudad fea y hostil. Cruzando en barca un río sucio que la lleva a su hogar, en el que duerme en el suelo para que su hijo pueda hacerlo en la única cama de la casa. Sufriendo dolores en las manos como si estas fueran incapaces de llevar las riendas de su vida. 

La película muestra con sutileza pero implacablemente cómo a las mujeres que se saltan las reglas –esto es: que se separan de un hombre que las maltrata– la única arma que les queda para sobrevivir es la mentira. La belleza de Nahid y del viaje que nos propone es que ese sentido de la supervivencia no nos es ajeno. Todos conocemos a mujeres como Nahid que saben bien, porque lo han vivido en sus carnes, que el enfrentamiento directo no es posible. Y, sin embargo, la red de mentiras que se ven abocadas a tejer tampoco las conduce a nada bueno. Ida Panahandeh no evita las contradicciones de un personaje en continua lucha con su entorno, y también la dota de una humanidad con la que cualquiera se puede identificar. Las risas incontrolables de Nahid y de su amiga en el funeral, cuando recuerdan la compra de un sofá, son antológicas y nos dan un respiro absolutamente necesario. Cuando todo parece perdido, cuando nos parece que hemos llegado a un callejón sin salida, la risa es lo único que puede salvarnos. Esa risa también nos llena de esperanza: mientras Nahid y todas las Nahid de este mundo (y de aquel) puedan reírse de sí mismas, podemos tener la certeza de que saldrán adelante. 

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