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Sistema por sistema

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Sistema por sistema

Las únicas personas de verdad antisistema que he conocido en mi vida no iban vestidas de antisistema, ni aparentaban serlo ni, por supuesto, jamás declararon ser antisistema, más bien todo lo contrario. Una de la cosas más divertidas de los antisistema es comprobar que llevan parecidos peinados, que visten de forma similar y que escuchan la misma música y tienen idénticas referencias culturales todos ellos. Se diría que han puesto en pie un sistema llamado antisistema. No es grave, porque sucede con todo: la mera visibilidad te somete. Como decía un amigo, en esta vida solo cree que es libre quien no ha caminado lo suficiente hasta dar con la puerta de la celda. Sin embargo, estos falsos antisistema carecen del reconocimiento que merecen por parte del sistema. Sin ellos, el juego no funcionaría del todo. Pasa como con el fútbol, que no será jamás justo hasta que los equipos paguen un sueldo a sus aficionados por acudir a los partidos. Todo esto viene a cuento de las dudas de una amiga íntima catalana a la que quiero mucho cuando, en la víspera de las pasadas elecciones, estaba dudando de si abstenerse o votar por algún partido. Me sorprendió su duda porque siempre se había definido como alguien antisistema, que ridiculizaba la democracia con sus escaños y sus urnas patéticas. Patético es un adjetivo que usa mucho, quizá por eso somos tan amigos. Siempre le digo que yo soy su patético favorito.

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Existen muchas formas de doblegar a los espíritus antisistema. Pero la mejor de todas es la promesa de una patria antisistema. Es comprensible que la idea sea atractiva. Uno imagina un país sin fronteras ni Ejército, un país sin obligaciones ni condiciones, un país sin banderas ni medallas, y piensa inmediatamente que se quiere instalar en ese país. Pero, claro, un país así es un país imaginario. Y mudarse a vivir a una imaginación es siempre costoso, porque en las imaginaciones no hay nunca servicio de radioterapia en el hospital ni un fontanero de urgencia. A mi amiga traté de convencerla de que se abstuviera, más que nada pensando en su propia satisfacción pasado un tiempo. Le hice ver que cuando alguien trata de convencerte de que estás ante la elección de tu vida no solo es que se quiera apropiar de tu voto, es que se quiere apropiar de tu acción de votar. Conseguir que los abstencionistas sean vistos como gente incomprensible es la primera función del sistema, tratando de desarbolar la primera virtud de un antisistema, que consiste en ser incomprensible e imprevisible.

Los antisistema que conocí a veces votaban. Lo hacían para disimular, para que nadie detectara que lo eran. Uno de ellos, incluso se reconocía patriota porque sostenía que la única posibilidad de supervivencia al margen del sistema era parodiar a los ciudadanos normales. Ser antisistema es muchísimo más complejo de lo que cree un antisistema cuando da sus primeros pasos y renuncia al carnet de identidad y a sus relaciones familiares. El sistema es tan flexible que cuando crees que ya te estás yendo del todo, te encuentras siendo padrino en la boda de tu hermana. Pertenecer al sistema ofrece multitud de ventajas, pero la mayor de todas es que puedes salirte del sistema sin decírselo a nadie y sin disfrazarte. Porque, como dijo otro amigo antisistema, al que tanto quise y tanto lloré a su muerte, la única manera de ser antisistema es que no se entere nadie de que lo eres. Si se enteran, es cuestión de tiempo que te hagan socio de su club o te expulsen de él, que viene a ser lo mismo.

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