La encrucijada catalana

Imprescindibles

Renunciar a la transversalidad sociológica significaría la muerte definitiva del proceso soberanista

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NUALART

Vivimos momentos de una complejidad política como nunca la habíamos visto ni vivido. A pesar del callejón sin salida que vivimos en Catalunya y del trauma que sufre el soberanismo ahora mismo, no me resisto a dejar de hacer un análisis de las últimas elecciones en España, que han comportado un escenario de una inestabilidad sin precedentes. La cultura política española no es una cultura basada en el pacto y el consenso. Probablemente se hizo un esfuerzo importante en la Transición, pero siempre ha gobernado uno de los dos grandes partidos españoles, a menudo en solitario y a veces con muletas que les permitían ir consumiendo legislaturas sin demasiadas complicaciones. No hay en ningún caso cultura del pacto, ni tampoco se ha cultivado. No era necesaria.

Y si España tiene inestabilidad, Catalunya, ahora mismo, dos tazas. El país, que tenía la oportunidad de ponerse manos a la obra en el proceso que le podía llevar hacia la independencia, de momento se queda allí donde estaba, en la inestabilidad institucionalizada. La mayoría independentista de 72 diputados en el Parlament no ha sido capaz de encontrar la fórmula para investir a un presidente, para formar gobierno y para sacar adelante una ambiciosa hoja de ruta.

Sin embargo, y para aquellos que tienen una visión pesimista sobre la situación actual debido a los últimos acontecimientos, es bueno recordar que las elecciones a Cortes han aportado nuevos datos en clave catalana. La primera, aquí ganan de calle las fuerzas que están por el derecho a decidir. La segunda, aquí hay una sensibilidad social, de cambio de formas y de evolución de ideas en la política que deviene otro motor de movilización muy importante. Y esto no es patrimonio exclusivo de una determinada fuerza, por suerte también es transversal. La tercera, el independentismo sigue siendo fuerte a pesar de los intentos de minimizar los resultados obtenidos, aunque es cierto que ha retrocedido y que estratégicamente, en su globalidad, sigue desconcertando a sus electores, sobre todo después de la decisión tomada por la CUP.

Lo que viene a partir de ahora es bastante elocuente. Seguimos teniendo un reto inmenso por delante. No hay Gobierno ni aquí ni allí. Catalunya tenía una oportunidad de oro a partir de la debilidad institucional del Estado español. Pero, claro, gestionarla requería una madurez política inmensa, muchos sacrificios y al mismo tiempo una estrategia muy bien pensada. Por desgracia, las complicidades que permitieron llegar primero al 9-N y después al 27-S, que eran de todo tipo y transversales, han saltado por los aires. A partir de ahora serán necesarios argumentos muy bien trabados, que convenzan y que aporten dosis reales de ilusión cara al futuro. Estos argumentos existen, y deben explicarse de manera clara y no solo en clave política. Solo así se ensanchará a derecha e izquierda el espectro del soberanismo. Harán falta, finalmente, grandes gestos de generosidad, lo que, por lo que se ha visto, es tan poco habitual en la vieja como en la nueva política.

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Es evidente también que, a pesar de la fortaleza de las opciones independentistas, debe hacerse una profunda reflexión cara al futuro por parte del soberanismo, tanto del político como del cívico. De entrada hay que saber a donde han ido a parar los votos que se han perdido por el camino desde el 27-S hasta ahora. Una parte a la abstención, por supuesto, y más por cansancio que por consigna. Otra parte, suficientemente significativa, ha querido creer que la opción del referéndum todavía es una posibilidad real y ha querido hacer, de nuevo, un voto de confianza, el enésimo, a una idea que en Catalunya es tan bien vista como mal vista en España. El resultado del 20-D, aderezado con la decisión de la CUP, debe hacer tener los pies en el suelo al soberanismo en su globalidad. Este es uno de los principales y más urgentes retos de los partidos hoy: conectar con la realidad, saber tener los pies en el suelo.

Y con todo esto, aún otra reflexión. El proceso que sigue el país en estos momentos es de una transversalidad sociológica nunca vista. Desde trabajadores y clases populares hasta gente acomodada, con un protagonismo muy importante de las clases medias. O sea, el país real, la gente. Renunciar a esta transversalidad sería la muerte definitiva del proceso. Y es que en el fondo el gran protagonista de una de las revoluciones más importantes del siglo XXI en el mundo no son los revolucionarios con pedigrí, es, sencillamente, la gente. Y quizá aún no hemos entendido que, para ganar esa revolución, todo el mundo, sin excepciones, es imprescindible. Toca cambiar el tópico: ¿nadie es imprescindible? Hoy, por sentido común, todo el mundo es imprescindible, aunque eso, por desgracia, la política, la nueva y la vieja, lo contradice cada día.