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Análisis

¿Dónde estuvo el error, Albert?

Antón Losada

Los datos de participación no presagiaban nada bueno. El llamamiento de Albert Rivera a batir las marcas del 82 no había funcionado. Los resultados no se demostraron mejores. Ciudadanos ha quedado cuarto en la noche electoral aunque los pactos de gobierno que vengan le pueden convertir en uno de los ganadores. Rivera no será presidente pero tiene en sus manos una parte importante de quién puede serlo. No es lo mismo pero puede resultar igual de entretenido si se gestiona bien.

Ciudadanos empezó la campaña instalado en el mejor de los mundos posibles. Por su derecha recogía al votante del PP enojado por la corrupción, pero convencido de que lo sensato para no estropear la recuperación pasaba por perseverar en las políticas económicas más ortodoxas; a ser posible con un toque más liberal y moderno. Por su izquierda recogía a antiguos votantes socialistas convencidos igualmente de las bondades de las políticas de inspiración germana, pero que jamás votarían al PP para que las implementase.

Albert Rivera encarnaba a ese líder joven, enérgico y libre de corrupción que unos y otros precisaban para sentir que no traicionaban a los suyos con su voto porque, de una u otra manera, acabaría apoyando a quien debía, solo que más limpio y reciclado. Su estrategia de partido atrapaespacios, posicionándose estratégicamente para ocupar los espacios que el bipartidismo va dejando desatendidos, había funcionando a pleno rendimiento. Todo era sumar y las encuestas parecían una fiesta. Ciudadanos solo debía mantener el rumbo y seguir la corriente. Hasta que cambió el viento.

La indefinición final

Primero cometieron el incomprensible error de enredarse en una polémica sobre la violencia de género planteando una medida difícil de entender y empecinarse en explicarla aún peor, una obstinación que pareció más ideología que tozudez. Luego se alinearon alegremente con Podemos para avivar el fuego de lo nuevo contra lo viejo, compitiendo en un terreno donde Pablo Iglesias tenía todas las de ganar. La traca final se produjo en un debate a cuatro donde Rivera pretendió estar en todas partes pero acabó en ninguna.

En política aquello que se ofrece como bueno para todos al final acaba siendo bueno para nadie. No fue la campaña lo que se le hizo largo a Rivera. Fue la indefinición. Los votantes de PP y PSOE ya no veían garantías en Ciudadanos. La sangría era de tal calibre que Rivera hizo en el último día aquello que llevaba meses evitando: definirse. Escogió la peor opción: pedir el voto para abstenerse. Un plan que ilusiona poco. Dónde han ido esas papeletas que los sondeos le daban, pero no estaban cuando se abrieron las urnas, supone uno de los misterios a resolver para entender qué ha pasado.

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