03 abr 2020

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La gran cita católica del siglo XX

El Vaticano II, 50 años después

Juan José Tamayo

Juan Pablo II y Benedicto XVI consideron los frutos del cónclave como ruinosos para la Iglesia

En diciembre de 1965 se clausuraba el Concilio Vaticano II, uno de los acontecimientos religiosos más importantes del siglo XX, que tuvo importantes repercusiones a nivel internacional en los diferentes campos de las religiones, la teología, las culturas, la política, la ciencia, la sociedad, la economía, etcétera. En él participaron los obispos de católicos de todo el mundo, asesorados por algunos de los    teólogos más prestigiosos de la época, y estuvieron ausentes las mujeres, mayoría silenciada en la Iglesia.
    El Concilio llevó a cabo importantes transformaciones, entre las que cabe citar las siguientes: la reforma interna de la Iglesia, definida como comunidad de creyentes y pueblo de Dios; su ubicación en el mundo, a quien durante siglos había condenado como enemigo del alma; la libertad religiosa como derecho fundamental; la aceptación de la secularización como espacio donde vivir la experiencia religiosa; el diálogo multilateral con la cultura moderna, con las religiones, con la ciencia y con el ateísmo, a quienes había anatematizado en siglos anteriores; lo métodos histórico-críticos en la lectura e interpretación de la Biblia. 
    Buena parte de dichas transformaciones, sin embargo, no lograron hacerse realidad, ya que, durante 33 años, los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI se olvidaron del Concilio, cuyos frutos consideraron ruinosos para la Iglesia, y desarrollaron un programa de restauración en todos los ámbitos de la vida eclesial. Un ejemplo que viví de cerca: varios de los teólogos más influyentes en el Concilio fueron objeto de sospecha y sometidos a juicio por la Congregación de la Fe, presidida durante casi un cuarto de siglo por el cardenal Ratzinger, y algunos fueron condenados; cientos de teólogos y teólogas fueron sancionados.

Esta situación, lejos de provocar desencanto y pasividad, generó un movimiento de indignación, crítica y resistencia, que se tradujo en una gran creatividad manifestada a través de numerosas iniciativas transformadoras. Destaco dos que me parecen de las más significativas e influyentes tanto en la Iglesia como en la sociedad: la floración y vitalidad de miles de comunidades de base en todo el mundo y el desarrollo de nuevas teologías: teología política, teología de la esperanza, de la liberación, teologías feministas, teologías gays y lesbianas, teología del pluralismo religioso, teología ecológica, teología económica de la liberación, teología indígena, teología africana, teología intercultural, interreligiosa e interétnica.
    Cincuenta años después de la clausura de aquel Concilio convocado por Juan XXIII, no podemos olvidarnos de él ni limitarnos a recodarlo como un acontecimiento del pasado que narremos a las generaciones más jóvenes al modo de los cuentos: “Hubo una vez un Concilio”. Hay que volver a él para re-tomar sus aportaciones más importantes y continuar las reformas que se congelaron poco tiempo después de su aprobación. Pasar por el Concilio, pero sin instalarnos cómodamente en él, ni quedarnos en la letra, sino interpretándolo creativamente. Reformular su lenguaje, en buena medida superado, elaborar nuevos planteamientos teológicos y escribir nuevas narrativas religiosas.

NO QUEDARSE EN EL CONCILIO


 La mejor forma de ser fieles al espíritu renovador y dialogante del Vaticano II  es responder a los nuevos climas culturales y a los desafíos actuales: globalización neoliberal y movimientos alterglobalizadores; pobreza estructural y crecimiento de la desigualdad y movimientos de lucha contra la pobreza; colonialismo y procesos de descolonización; patriarcado y movimientos feministas; homofobia y movimiento LGTBI; fundamentalismos y diálogo interreligioso; choque de civilizaciones y diálogo entre culturas; xenofobia y movimientos de hospitalidad; depredación de la naturaleza y movimientos ecologistas; cultura líquida y teoría de la complejidad; pensamiento único y pluralismo; injusticia cognitiva y reconocimiento de las culturas originarias; sociología de las ausencias y sociología alternativas de las emergencias; teología neoliberal del mercado y ética liberadora de las religiones; secularización y retorno de las religiones. 

Hay que ir más allá del Concilio, recordando el ejemplo de Walt Whitman: “Antes del alba, subí a las montañas, miré los cielos apretados de luminarias y le dije a mi espíritu: cuando conozcamos todos estos mundos y el placer y la sabiduría de todas la cosas que contienen, ¿estaremos tranquilos y satisfechos? Y mi espíritu dijo: No, ganaremos esas alturas para seguir adelante”. El espectáculo de iluminación de la Casa Común en la plaza de San Pedro el 8 de diciembre con motivo de la inauguración del Jubileo de la Misericordia es todo un símbolo de esperanza.  
Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones de la Universidad Carlos III

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