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"Padre, que están matando la tierra. Padre, deje de llorar, que nos han declarado la guerra". Así termina el canto ecologista que Joan Manuel Serrat hizo canción en 1973. Más de cuarenta años después, las Naciones Unidas celebran en París una cumbre sobre el cambio climático donde se constatará que el mundo no ha hecho demasiado caso de las advertencias de Serrat y de las denuncias de tantos ecologistas y científicos. La guerra que mencionaba el cantante la está perdiendo la Humanidad, el Planeta. La van ganando los que conducen "los monstruos de carne, con gusanos de hierro" que sacan provecho personal y económico del calentamiento y la contaminación de la Tierra.

Otra guerra en la que nos encontramos inmersos es la de los ricos contra los pobres. O los ricos contra el resto de la gente. Oxfam Intermón calcula que el próximo año, 70 millones de personas, el 1% de la Humanidad, tendrá más riqueza que los otros 7.000 millones que vivimos en la Tierra. Ellos solos acumularán más de la mitad de la riqueza del Planeta. Cuesta entender que una guerra de 70 millones contra 7.000 millones de personas la esté ganando el colectivo menos numeroso. Pero es así.

Y la tercera guerra en la que estamos inmersos es la de los conflictos bélicos y el terrorismo. Muchos creían que era una guerra que no les afectaba directamente, que estaba reservada para países lejanos. La llegada a Europa de cientos de miles de refugiados que huyen de las guerras y la inseguridad de Siria, Yemen o Afganistán, y los atentados de París del pasado 13 de noviembre, nos han hecho tomar conciencia de que estas guerras no nos son ajenas.

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Ciudadanos de muchas ciudades de todo el mundo han participado estos días en manifestaciones convocadas bajo el lema "No a la guerra". Pero la guerra, las tres guerras mencionadas están aquí. No se puede cerrar los ojos ante ellas. Y quien menos lo puede hacer son los dirigentes de los diferentes países del mundo, reunidos en la cumbre COP21 de París, en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, en Nueva York, o en el Consejo Europeo, en Bruselas.

La ciudadanía, claro, no se puede limitar a llorar, como el padre de Joan Manuel Serrat. Debe gritar alto su deseo de paz. Y lo debe hacer consciente de que ninguna guerra se ganará sino se acaba con todas ellas a la vez.