Los atentados de París

Atocha, segunda parte

Debemos ser conscientes de que ya somos todos objetivos potenciales de los terroristas

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Pasó con el 11-S, pasó con la masacre de Atocha y la de Londres, pasó hace dos días en Beirut, son ejemplos que no cubren toda la lista, pero nos recuerdan algunas evidencias que quizá convenga enumerar, porque nuestro estado de ánimo al día siguiente no es exactamente una buena brújula para navegar con serenidad. Una primera evidencia, en este caso, es que con los datos en la mano sabemos quién lo ha hecho, en cuanto a responsabilidad última del crimen, aunque de momento no sepamos los nombres y apellidos de los ocho ejecutores. Esto es tarea de los investigadores, para ver si llegan a saber algo más de la maquinaria que está detrás de todo esto. Sabemos también que a diferencia de otras épocas u otros tipos de terrorismos, donde el acto violento pretendía ser selectivo (como si esto fuera un atenuante de nada), ahora somos todos -todos— objetivos indiscriminados potenciales de los terroristas. Por tanto, de aquí debería derivarse un debate sobre la pedagogía social necesaria para preparar mejor a la gente, a nuestras sociedades, sobre lo que ya está aquí.

Una tercera evidencia: el mal existe. Tiene grados, tiene matices, pero existe y también el mal absoluto. No hay que volver a leer -aunque es un ejercicio muy recomendable-a Hannah Arendt y su Eichmann en Jerusalénpara entender que el mal existe, que es mucho más difícil de erradicar de lo que parece, y de que este fenómeno no es congénito en el ser humano ni se limita a cuatro psicópatas aislados. Aunque de ello no se derive en absoluto que nacemos para hacer el bien. Ambas tendencias se llevan mal, pero la segunda, indispensable para nuestra supervivencia como especie, parece tener siempre el viento en contra. El mal existe, y una de las evidencias de que se convierte en mal absoluto aparece cuando quien lo perpetra prescinde totalmente de los dilemas entre el fin y los medios. ¡Mira que es fácil de decir y difícil de aplicar! Esta línea roja se traspasa cuando decides que para obtener un fin (moral, político, económico, religioso), todos los medios son válidos. Y en esta charca se han hundido individuos, organizaciones, religiones, estados, y la lista se queda corta. Cada ciudadano puede establecer su propia lista. De ello no se deriva que no haya que buscar siempre la relación entre causas y efectos de esta violencia terrorista, porque la tienen, e ignorar esta causalidad lleva a demagogias y simplificaciones fatales.

FÓRMULAS MÁGICAS

La cuarta evidencia es dura de digerir: no hay fórmulas mágicas, desconfiemos de los agoreros que lo afirman, no digamos ya de los líderes y/o los partidos políticos que pretenden que «ellos sí saben». No hay fórmulas mágicas quiere decir que no hay una clave secreta que, de repente y de inmediato, acabaría con este fenómeno y, de paso, con nuestros miedos individuales y colectivos. La pedagogía mencionada más arriba se refiere justamente a que hay que explicar esto con realismo, con determinación y sin resignación a nuestras sociedades. Es cierto que las políticas públicas gubernamentales e internacionales de respuesta a estos actos son sobre todo una responsabilidad de las instituciones y gobiernos, pero no podemos dejarlos solos. Es cosa de todos, desde opinadores a periodistas, pasando por educadores y organizaciones de la sociedad civil  y, por cierto, por los líderes religiosos que en casos como este tienen un duro trabajo por delante denunciando esta falsa invocación de la religión en sus propios términos.

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La quinta evidencia se deriva de las anteriores: por mucho que paguemos nuestros impuestos, votemos y seamos ciudadanos de bien, nada nos garantiza que podremos vivir en sociedades de riesgo cero. Esto no existe, y si alguna vez existió -cosa dudosa—, se ha ido para no volver.  Por tanto se abre un debate en forma de disyuntiva: ¿a qué estamos dispuestos a renunciar en términos de libertad a cambio de seguridad? Están en juego los cimientos de nuestra convivencia social, nuestros valores, y una cierta manera de darle sentido a nuestras existencias. Y aquí cada cual tendrá que decidir. ¿Dejaréis de ir al fútbol?, ¿a cenar fuera el viernes por la noche?, ¿a bailar y escuchar una banda de rock?  Encerrarse en casa no es la respuesta, autohipnotizarse con «a mí seguro que no me pasará nada» o su variante «aquí esto no nos puede pasar» tampoco, y como no hay respuesta mágica, hay que salir de casa cada día con lo puesto y esta brújula en la cabeza: no hay plan b, no podrán con nosotros.

Dos consejos últimos, quizá ilusorios. El primero es que con esto no se debería hacer politiquería y sí mostrar un apoyo leal a las instituciones, fuerzas de seguridad y gobiernos, a cambio de ser tratados como adultos. El segundo: no miren ustedes mucho las famosas redes, estos días acarrean algún desahogo y mucha demagogia y agresividad.