La rueda

La vida es puro selfi

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Esta tendencia creciente, rayando en la manía, de hacernos selfis en todo momento y en todas partes se ha convertido en un signo inequívoco y definitorio de nuestros tiempos. No hay barreras sociales, de clase, económicas o protocolarias que nos impidan entregarnos apasionadamente a esta pulsión irrefrenable. La vida es puro selfi y es por ello que, puestos a elegir, en lugar de confiar en alguien para que lo haga, preferimos ser nosotros mismos los que documentamos o inmortalizamos determinados momentos a través de la pantalla de nuestro teléfono móvil. La foto de portada de este diario con el selfi de un grupo de diputados el día de la constitución del Parlament es un buen ejemplo y también todo un síntoma.

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¿Por qué nos gusta tanto hacernos selfis? ¿Por qué, y es por eso que decía aquello de rayando en la manía, estamos dispuestos incluso a jugarnos la vida por una foto? Y es que según una estadística reciente los selfis, si tomamos como referencia el número de muertes que provocan, son ya más peligrosos que los tiburones. En lo que llevamos de 2015 han muerto 12 personas mientras intentaban fotografiarse, una cifra superior a los muertos por ataque de un escualo. Una de las últimas víctimas ha sido un turista japonés de 66 años que, queriendo hacerse un selfi en el Taj Mahal, se despeñó escaleras abajo.

Estos casos, dramáticos y extremos, ponen en evidencia lo enganchados que estamos y nos llevan a cuestionar las razones de esta adicción. ¿Qué diablos tiene el selfi que no tenga la foto convencional? Supongo, buscando una respuesta fácil, que es precisamente nuestra mirada lo que marca la diferencia. Hacernos una selfi no es otra cosa que mirarnos en el espejo y, lo que es nuevo, es que podemos compartir esta experiencia con quien queramos. En el fondo, lo que esto significa, en esta nueva vida selfi que vivimos, es que la experiencia íntima de mirarnos en el espejo ha dejado de ser un acto privado.

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