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Un foco de tensión en Asia

El díscolo Kim Jong-un madura

Georgina Higueras

El líder norcoreano parece dispuesto a mover ficha y aceptar los cambios que le exigen Pekín y Seúl

Tras la parafernalia exhibida en uno de los mayores desfiles de la historia de Corea del Norte se abre camino un importante cambio en la política del llamado Reino Ermitaño. El discurso de casi media hora de Kim Jong-un -tercer mandatario de la dinastía comunista instaurada por su abuelo y presidente eterno, Kim Il-sung- no escatimó bravuconadas como que estaba dispuesto a «librar cualquier tipo de guerra» contra Estados Unidos, pero se guardó de hacer referencia al armamento nuclear o a los misiles balísticos.

En un país donde todo es secreto, los gestos tienen un alto valor. De ahí que los analistas surcoreanos hayan destacado de la celebración del 70º aniversario del Partido de los Trabajadores el apretón de manos de Kim Jong-un en la tribuna, ante decenas de miles de norcoreanos y de los medios internacionales invitados, a Liu Yunshan, el dirigente chino de mayor rango que visita Pionyang desde el ascenso al poder del joven Jong-un tras la muerte de su padre, Kim Jong-il, en diciembre del 2011. Liu Yunshan, jefe del Departamento de Propaganda, ocupa el quinto de los siete escaños de la dirección colegiada china.

Tras ejecutar a todo el que pudiera hacerle sombra, incluido su tío Jang Song-thaek, tratar de desligarse de China -principal apoyo de Pionyang y país que supone el 80% del comercio norcoreano- y utilizar el armamento nuclear y los misiles como bazas de presión a la comunidad internacional, el díscolo Kim Jong-un da sus primeros signos de maduración. No sería de extrañar que decidiera volver a las conversaciones a seis bandas (EEUU, China, Rusia, Japón y las dos Coreas) para poner fin a su programa atómico a cambio de una jugosa ayuda económica, energética y técnica y de dejar de ser el paria del mundo. Las negociaciones, que patrocina China, se rompieron hace siete años y, por más que Pekín ha insistido, hasta ahora no ha logrado que se reanuden.

PRESIONES CHINAS

El malestar de China con su vecino era evidente. A su llegada al poder a finales del 2012, Xi Jinping declaró que no se podía permitir a ningún país que en beneficio propio desestabilizase la región de Asia o el mundo. Esto fue interpretado como una clara advertencia a Kim Jong-un, quien poco después, en febrero del 2013, ignoró las presiones chinas para no realizar una tercera prueba nuclear. En respuesta, Pekín votó, por primera vez, a favor de que la ONU endureciese las sanciones a Pionyang. Hace unos meses, el régimen dejó entrever que celebraría el aniversario del partido único con un nuevo ensayo atómico y el lanzamiento de un cohete, contraviniendo las ordenanzas de la ONU. Todo apunta a que si no lo ha hecho se debe a negociaciones entre bastidores con Pekín.

En su discurso, Kim hizo hincapié en el amor a su pueblo y resaltó que su empeño en desarrollar la economía para proporcionarle una vida mejor había topado con las sanciones de la ONU. Además, le agradeció el haberse mantenido fiel al partido durante tantas décadas de bloqueo y sanciones de EEUU. Estos lamentos parecen indicar que el dirigente se dispone a mover ficha tras tomar nota del acuerdo nuclear con Irán, del restablecimiento de relaciones entre Cuba y EEUU y del firme entendimiento entre China y Corea del Sur.

Pekín y Seúl firmaron el pasado junio un tratado de libre comercio que supondrá un importante impulso a sus economías. Mientras, Pionyang tiene cada día más dificultades para impedir que los norcoreanos se enteren de los enormes avances económicos, sociales y tecnológicos que se producen más allá de sus fronteras.

La tensión entre el Norte y el Sur volvió a dispararse este verano con la muerte de un soldado surcoreano por una mina en la eufemísticamente llamada «zona desmilitarizada» pese a ser una de las más militarizadas del mundo. Seúl reinició entonces su guerra de propaganda con potentes altavoces que criticaban a Kim Jong-un. Las amenazas del régimen no achantaron a la presidenta surcoreana, Park Geun-hye, que exigió al Norte que pidiera perdón si quería que apagase los altavoces. Hubo acuerdo.

«Nuestro país se ha convertido en una impenetrable fortaleza y una potencia militar global», declaró el líder ante muchos de los jóvenes que han sobrevivido a la terrible hambruna de 1998, cuyas catastróficas consecuencias llevaron a Kim Jong-il a aceptar la ayuda internacional. El compromiso de poner en marcha proyectos -desde viviendas a una planta hidroeléctrica- que impulsen el bienestar del país fue el guiño a una sociedad que soporta desde hace décadas que un tercio del presupuesto se dedique al Ejército y el armamento.

Ni Pekín ni Seúl buscan el hundimiento del régimen norcoreano, pero están cansados de sus artimañas. Asentada la autoridad de Kim Jong-un, quieren que el país se desarrolle y se integre en la comunidad internacional.

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