Suspendan la autonomía

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En los últimos días ha vuelto a salir el fantasma de la suspensión de la autonomía catalana. La vicepresidenta del gobierno español, Soraya Sáenz de Santamaría, insinuó esta posibilidad durante la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros de la semana pasada. En la misma línea, el dirigente de Societat Civil Catalana Joaquim Coll decía en el acto del pasado domingo organizado por el susodicho grupúsculo que "la hoja de ruta [del independentismo] solo busca la intervención de la Generalitat". También el coordinador del grupo parlamentario de Ciutadans, José María Espejo-Saavedra, declaró el mismo fin de semana que trabajan "cada día para evitar la suspensión de la autonomía". Hablar de la supresión del minúsculo autogobierno catalán parece consigna o directriz.

Acabar con la autonomía es lo que queremos los independentistas, por supuesto. Por lo tanto, a mí lo que me preocupa más no son las amenazas del españolismo es esta dirección, sino la reacción de algunos dirigentes catalanes en el momento de que esta hipótesis se pudiera hacer realidad. Se ha instalado un discurso buenista que pretende hacer creer que "el mundo nos mira" y que, por lo tanto, la comunidad internacional no va a permitir una intervención del Estado en Catalunya que limite las libertades de los catalanes.

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La verdad es que el mundo está preocupado en sus quehaceres y bastante tiene con lo suyo. Cuando un inglés o un americano leyera la noticia en el periódico quizá frunciría un poco el ceño, pero acto seguido pasaría página y pediría otro café largo. El día después la página con el drama catalán estaría envolviendo un bocadillo o en un suelo fregado ayudando a evitar pisotones. Conviene recordar, ahora que se conmemoró el 75 aniversario de su fusilamiento, las palabras de Lluís Companys: "Catalunya solo nos tiene a nosotros".

Si los dirigentes catalanes están dispuestos a ejercer el poder ‘de facto’ tras una hipotética suspensión de la autonomía, eso supondría la independencia automática de Catalunya. Champán y fuegos artificiales. Pero eso comportaría tensiones políticas y jurídicas y hace falta estar dispuesto a aguantarlas, que es lo que me hace dudar de algunos. En cambio, si lo que se pretende es esperar que venga el mundo a salvarnos el culo, vayamos cogiendo una buena butaca para esperar sentados. La suspensión de la autonomía sería la prueba del algodón del independentismo.