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La reunificación de un país clave

Alemania: 25 aniversario en el diván

Carlos Carnicero Urabayen

Los alemanes mandan sin discusión en Europa, pero al tiempo ofrecen signos de debilidad interna

¿Se acuerdan de la entrañable madre comunista de Daniel Brühl en Good bye Lenin, que vuelve a la vida tras la caída del muro y muere del susto? El alemán de hoy, si se despertara de un largo sueño, no reconocería su tierra en el 25 aniversario de la reunificación. Alemania ha emergido como un país unido, próspero y fuerte; mucho más abierto que en 1990. La fotografía es alentadora, pero está llena de matices.

Las dos décadas que siguieron a la reunificación supusieron la quiebra paulatina de la paradoja de ser una potencia económica y un enano político. Las servidumbres del sentimiento de culpa tras la segunda guerra mundial y las ataduras a las que fue sometido por los vencedores habían dado como resultado un país dividido e incapaz de ejercer su interés nacional de manera convencional.

En los 90 se corrigió el rumbo: la reunificada Alemania participó por primera vez en misiones militares en el exterior. Desde las lejanas tierras de Somalia hasta las más próximas guerras de Bosnia y Kosovo tuvieron soldados alemanes en el marco de misiones de paz. El prematuro reconocimiento alemán de Croacia y Eslovenia desconcertó a sus aliados europeos. La durmiente política exterior alemana despertaba y pedía paso.

En la década del 2000 Alemania se opuso a la guerra de Irak pero envió soldados a Afganistán, aunque tuvo que soportar críticas de EEUU, que pedía más efectivos y se mofaba de que solo se montaban hospitales en la más segura zona norte. Pero fue sin duda la organización del Mundial de fútbol en el 2006 el acontecimiento que marcó la década. Alemania se mostró al mundo como un país abierto y generoso, con espíritu deportivo más allá de sus estadios. Por primera vez los alemanes no se dieron miedo a sí mismos al convocarse en masa y marchar orgullosos con sus banderas. ¿No es lo que hacen los países normales para animar a su selección?

Llegó la crisis a Europa y la historia volvió a situar a Alemania en una posición crítica. Desde la segunda guerra mundial, nunca tuvo tanta fortaleza en un escenario de debilidad generalizada: Francia en decadencia, el Reino Unido con un pie fuera de la Unión y el sur hundido en su deuda y asfixiado por los mercados. La cancillera Angela Merkel se vio obligada a liderar Europa, aunque lo hizo con dudas, siempre haciendo «demasiado poco y demasiado tarde». Buenos resultados para Alemania. Malos para Europa.

Las pancartas con la cara de Merkel dibujada con bigote hitleriano en las calles de Atenas han sido un recordatorio de que la historia sigue pesando en los vecinos a los que Alemania un día invadió. Pero entre los germanos de las nuevas generaciones el pasado es de los libros de historia. Lo que la crisis les ha dejado claro es que la fortaleza de su economía parece invencible y que al resto le toca hacer todo lo necesario para estar a su altura. ¡Hasta ganaron el Mundial de Brasil! Lo alemán es fuerte, fiable, serio y seguro... Hasta que llegó el 2015.

El pasado 24 de marzo el piloto Andreas Lubitz estrelló de forma deliberada el Airbus 320 de la compañía Germanwings en los Alpes franceses. Murieron los 150 ocupantes. La filial de Lufthansa, la compañía aérea más grande de Europa y un símbolo de Alemania desde su fundación en 1924, no sabe explicar cómo fue posible que sus mecanismos internos de control no detectaran la grave enfermedad depresiva de uno de sus pilotos.

Hace unas semanas, el imperio Volkswagen -que significa coche del pueblo-, que produce uno de cada cuatro coches vendidos en Europa, se tambaleó. Sus coches diésel contaminan demasiado como para ser vendidos en EEUU, así que decidió manipular su software para superar los tests. Los costes de este fraude superarán los 100.000 millones de euros, pero sobre todo dejan una inquietante pregunta: ¿quiénes conocían el fraude? Algo tendrán que opinar el expresidente alemán, el excanciller y el actual vicecanciller, porque todos han pasado por la dirección de Volkswagen.

Ha sido la crisis de los refugiados lo que mejor ilustra las dos caras de Alemania. Primero Merkel dio un golpe moral sobre la mesa al abrir sus puertas a los refugiados sirios y presionar al resto de europeos para que hicieran lo mismo. La sociedad civil también se ha volcado en ayudar a quienes huyen de la guerra, en un ejercicio de solidaridad extraordinario. Pero la ola xenófoba y neonazi despertada -sobre todo en el este de Alemania- es la peor del país desde la segunda guerra mundial. Se han registrado más de 200 ataques a centros de refugiados. Merkel trata de vencer la propaganda xenófoba, pero su popularidad ha caído un 9% y está en los mínimos desde diciembre del 2011. Este 25 aniversario requiere muchas horas en el diván. 

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