27 oct 2020

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La Biblioteca del Congreso de Estados Unidos tiene el principio selectivo más sencillo del planeta: compra todos los libros. En la sección iberoamericana puede ver un codiciado ejemplar de la cultura contemporánea. Me refiero a 1283, cifra irregular que el fanatismo ha vuelto redonda. Son los goles que anotó Edson Arantes do Nascimento, quien refrendó el prestigio del sistema decimal por el número que llevó en la camiseta. El volumen cumple con el requisito esencial de las publicaciones de lujo: no cabe en ninguna estantería. Aparte de la emblemática firma de Pelé, apenas incluye letras.

De manera lógica, se editaron 1283 ejemplares de la obra, lo cual recuerda las Mil y una noches, en la versión del Capitán Burton, de la que se hicieron mil ejemplares con el compromiso judicial de no reimprimirse.

Supongo que la mayoría de quienes poseen un ejemplar de 1283 son potentados o jerarcas de la FIFA. La paradoja de este objeto exclusivo es que trata de la pasión de masas. Las primeras páginas no muestran al protagonista sino a sus testigos. El lector se sitúa en la posición de Pelé, observado por una multitud. ¿Es posible soportar esa avidez de la mirada? Quien abre el libro movido por la curiosidad, se siente visto en exceso. Casi da vergüenza pasar la página en busca de la presa principal. Queríamos ver al Rey pero ya lo han visto demasiado.

Desde 2014, Los Angeles Times publica noticias escritas por un ordenador. Las primeras tenían que ver con terremotos; luego, el «periodismo robot» pasó a otra zona que depende de los datos: el deporte.

A pesar de su nombre, 1283 demuestra que las hazañas no son cuantificables. Los mejores «goles» de Pelé son los que no anotó en el Mundial de México 70: el remate de cabeza que salvó Gordon Banks, el tiro de media cancha que casi entró a la portería de Checoslovaquia y el balón que dejó pasar con una finta ante al portero de Uruguay.

Pelé reinó por lo que hizo y por los caprichos que intentó. Sus jugadas «vacías», sin otro premio que el atrevimiento, quedaron fuera de la cámara. Las fotos muestran lo que sucedió; las palabras, lo que pudo haber pasado.

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