08 ago 2020

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Las elecciones del 27-S

Contra la estupidez...

Josep Oliver Alonso

La independencia de Catalunya no parece hoy posible, pero si el Estado no cambia acabará siendo realidad

Las propuestas para el 27-S se van definiendo, y con ellas se culmina una parte del proceso iniciado con el Estatut. Y aunque hayan transcurrido casi diez años del inicio de esta historia, las elecciones no van a significar su final. Y ello porque ni con las propuestas independentistas ni con las respuestas de los partidarios de mantener inalterada, en lo sustancial, la relación con España se va a dar solución a lo que es un problema de dimensiones históricas: el del encaje, o de la separación, de Catalunya del resto del Estado.

Los partidarios de la independencia ahora y aquí olvidan las restricciones en las que tiene lugar el proceso. Existen aspectos políticos que hacen muy difícil, si no imposible, que Europa acepte una declaración unilateral de independencia. Ahora que se cumplen 100 años de la primera guerra mundial, les recomiendo un vistazo al mapa étnico-político que emergió del conflicto. Y a las tensiones, larvadas pero muy reales, que todavía subsisten en no pocos países del centro y del sur de Europa. Por no hablar de los cambios de fronteras de la segunda guerra mundial, los últimos hasta el conflicto de Yugoslavia.

Pero incluso dejándolos de lado, resta el impacto económico que una secesión no pactada podría acabar generando en el euro y la UE. Porque el muy elevado nivel de deuda (privada y pública) en España y Catalunya amenaza la estabilidad del euro. Y olvidar que con nuestras decisiones afectaríamos a más de 500 millones de personas no parece razonable.

Se argumenta que esos temores son infundados. Justamente, se dice, es porque podríamos desestabilizar la eurozona que Alemania no se puede permitir dejarnos al margen del euro. Con respecto a este optimismo, solo quiero recordar el diktat de Wolfgang Schäuble a Alexis Tsipras señalando la puerta de salida como solución, siquiera transitoria, a los problemas griegos. Y ello porque no es muy inteligente, ni para Grecia ni para nadie, amenazar a tus acreedores, aunque seas un deudor importante.

El otro argumento económico a favor de la independencia alude a la minimización de los efectos que produciría la desconexión de España. Aceptando un primer coste inicial, se postula que el PIB catalán pasaría por un breve período de caída para, en pocos años, crecer tan vigorosamente que se eliminarían los costes de la independencia. Conociendo la capacidad predictiva de los economistas y sus modelos, estas afirmaciones parecen un tanto arriesgadas. Lo máximo que, quizá, pueda afirmarse es que ni partidarios ni detractores de la independencia conocen lo que podría pasar. En suma, en el mejor de los casos, cierta ingenuidad en los planteamientos. Si ello es así, y cuando se trata del bienestar de millones de personas, los experimentos quizá no sean la salida más adecuada.

En el otro lado, el de los defensores del statu quo, si algo brilla es la ausencia de propuestas. En el PSOE se avisa de que cualquier modificación constitucional que implique dar privilegios (sic) a Catalunya no será aceptada. Se trata, en su opinión, de mantener el actual sistema de subsidios, pese a quien pese. Y el PP lanza globos sonda, intentando atraer a su campo de reforma constitucional (¿ahora?) a algún despistado que no se haya enterado de qué va esta película. Y, en el ínterin, a Dios rogando y con el mazo dando: el corredor mediterráneo continúa por detrás de las más esotéricas líneas del AVE, Rodalies mantiene sus tradicionales problemas, y el puerto y el aeropuerto, ya se sabe, controlados desde Madrid a mayor gloria de otros enclaves territoriales. Finalmente, Ciudadanos nos habla, ¡a estas alturas!, de regeneración y modernización, y Podemos, de abrir de raíz el melón constitucional. En lo sustancial, nada nuevo, pues, bajo el sol.

Con estos mimbres se construirán los gobiernos y las oposiciones que emerjan de las elecciones catalanas primero, y de las generales después. Pero a la luz del largo y duro proceso de estos años, nada sugiere que pueda encontrarse una fórmula de solución para un contencioso que está, y continuará, ahí. Ya no se trata, como Ortega y Gasset cínicamente pudo afirmar, de la conllevancia con Catalunya. De no mediar una propuesta de nueva y radical articulación con España, los próximos meses darán una victoria pírrica a los partidarios de la unidad española.

Lo dicho. Entre la ingenuidad y la estupidez, tablas. Que anticipan nuevas, y más severas, confrontaciones futuras. La independencia quizá no sea posible hoy y Catalunya no se marchará. Cierto. Pero que no sea posible ahora no implica la resolución del contencioso. Y, dada la actitud del Estado  central, tengo para mí que ello acabará sucediendo tarde o temprano. Porque, como afirmó el dramaturgo alemán Friedrich Schiller, contra la estupidez los mismos dioses luchan en vano.