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El segundo sexo

Electroindignados

Care Santos

Somos legión los cabreados por el precio de la luz en España, más cara que en los países del norte

Sufro de un cabreo periódico. No uno cualquiera: es una furia infernal, un terremoto de grado ocho. Ocurre cada vez que recibo la factura de la luz. Para desfogarme, hace poco he comenzado a decirlo en voz alta, delante de conocidos e incluso de extraños. Y he descubierto lo que ya sospechaba: que somos legión.

Para evitar el sofoco bimensual que acabo de referirles lo he probado todo: comprar bombillas de bajo consumo, sustituir paulatinamente los electrodomésticos por los benéficos A++, pasarme a las lámparas led, reunir a los niños en un solo punto para que hagan los deberes bajo una sola luz, poner secadoras de noche, repetir hasta la saciedad el clásico sermón maternofilial acerca de la necesidad de consumir de un modo responsable. ¿Adivinan? Nada ha dado resultado. La factura sigue engordando.

Tal vez deba pasarme a las renovables, pensé. Al fin y al cabo, son el futuro. Y una sensatez, lo mires por donde lo mires. Vivir en una casa donde consumes la energía que generas parece un sueño, pero hay personas que lo creen posible, y se lo explican al mundo. Una de esas personas es Elon Musk, de 44 años, sudafricano de nacimiento, inventor y empresario, uno de los personajes más influyentes del mundo, según la revista Time, conocido por fabricar el primer coche eléctrico viable y por ser cofundador de PayPal, y un hombre de ideas tan rompedoras que a veces rozan la ciencia ficción. Por ejemplo: la batería eléctrica de uso doméstico Powerwall, anunciada hace solo unos meses. Su advenimiento está previsto para este verano, con halo de cambio definitivo en el modelo de consumo en casa. La demanda ha sido tal que la empresa (Tesla) se ha colapsado. Normal: es un obvio paso adelante.

Aunque no para nosotros. Aquí se gravarán los hogares que tengan renovables con cantidades que hacen inviable su instalación. La operación es perfecta: conseguir que no tenga sentido invertir en ahorrar energía esperando amortizar el gasto a medio plazo. Es decir, proteger a las eléctricas. Para los que mandan, barrer para casa. El eufemismo se articula así (ley en mano): «Contribuir a la financiación de los costes y servicios del sistema en la misma cuantía que el resto de los consumidores». «Contribuir»: siento que me cabreo.

Así que no ahorraremos energía, no la podremos almacenar, no podremos beneficiarnos del menor gasto, no podremos aprovechar la fuerza del Sol. Somos un país del Sur que paga la energía más cara que todos los del Norte (con la única excepción de Alemania). Y la ley ni siquiera se ha aprobado. Dicen los fabricantes de placas solares que con la amenaza ha sido suficiente. Alguno lo define como la más eficaz campaña de propaganda del PP. Solo con un anuncio abstracto, que podría quedar en suspenso hasta después de las generales, ya ha cundido la desconfianza entre los posibles clientes de energías alternativas.

Todo esto que les refiero empeora -y mucho- el enfado bimensual que les decía. Leo que las eléctricas pagan sueldos millonarios a viejos elefantes de la política. Los hay de diversos colores. Leo que los mismos elefantes, antes de retirarse, legislan a favor de esas eléctricas una y otra vez. Leo que mi factura no bajará porque lo que más la encarece es un concepto fijo, el «término fijo de potencia». Haga lo que haga, no voy a ahorrar. Es mejor que me mentalice y que deje de aturriar a la familia.

Leo que crecen en España los llamados electroforajidos. El otro día conocí a uno de ellos, por cierto. Un hombre de fiar, con dos hijos, amante de la naturaleza, que a ratos perdidos cultiva su huerto ecológico. Se está planteando enchufarse a la corriente de la calle. Si tiene que pagar una multa, tal vez será más barata que los recibos de la luz. Se confiesa, como yo, electroindignado. Tiene un amigo que ya no paga la luz, porque es un electrokupa. El amigo es médico pediatra.

También existen otras posibilidades: convertirse en forajidos de las placas solares o de los acumuladores de energía. Todos sabemos que esta alternativa es la buena. Ellos también lo saben, claro, aunque solo sea porque su publicidad lo dice: «Un mundo más justo, más solidario, más sostenible» y bla bla. Les aseguro que si pudiera, y como tengo mucho de decimonónica, me pasaría de nuevo al candil y al quinqué (de aceite, de petróleo, de cera ecológica) con tal de no seguir llenando los mismos bolsillos. Pero luego me contradigo: encuentro un enchufe donde recargar mi móvil y me vuelvo loca de alegría.

Por cierto, otra de las ideas rompedoras de Elon Musk consiste en construir un transporte supersónico -incluso tiene nombre: Hyperloop- con el que llevarse a toda la población de la Tierra a Marte, y allí empezar de cero. Señor Musk, por favor, si admite una humilde petición: ¿no podríamos dejar a algunos aquí?

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