Ir a contenido

Cosas que te acompañan, por David Trueba

David Trueba

En la misma semana en que se me estropeó el coche que utilizaba desde hace una década, tuve que deshacerme de una botas que venía usando desde el mismo número de años, que me habían acompañado en todos los viajes complicados por el mundo. También un teléfono móvil que durante ocho años, y con todas sus precariedades, se había convertido en compañero habitual. En alguien a quien le gusta gastar las cosas, que tiene una obsesión heredada de sus tiempos de hijo de familia numerosa y no concibe retirar algo de la circulación hasta que queda rendido y exprimido, estos acontecimientos se convirtieron en un cierto aire de final de ciclo. Confieso que cuando miré mis botas rotas caí en la tentación de pensar: “Ahora ya solo falta que me muera yo”. Por suerte, no ha sido así y se nos concede la oportunidad de gastar nuevos objetos. Pero hay en esa utilización obsesiva algo que provoca un reto. En los últimos años, a mi teléfono móvil le tenía que sujetar alguna pieza con papel celo y esta imagen de precariedad me resultaba de lo más simpática. A la gente le gusta tirarlo todo y recambiar lo viejo por algo rutilante. Es comprensible, pero mi imbecilidad, por tanto, querría decir algo.

El apego a las cosas tiene que ser selectivo, si no, podría convertirse en algo parecido al síndrome de Diógenes, donde uno acumula sin sentido todo tipo de basura porque le resulta importante. Pero tiene que haber siempre tres o cuatro objetos que hagan el viaje contigo, a los que renunciarás un día, por supuesto, pero con los que llegues a encadenar tanta convivencia, tanta aventura compartida, que cobren un valor especial. Así, todos tenemos una chaqueta o un jersey que se cae a trozos pero que no queremos tirar jamás. Nada existe más terrible que quitarles ese valor sentimental a los zapatos viejos. En un panorama de consumo algo esquizofrénico, los valores de resistencia tienen que tener su rincón. La fidelidad está mal vista en un mundo que prima la novedad.

El problema es que del modo en que tratamos a los objetos que nos rodean acabamos tratando a las personas que nos rodean. Si no aprendemos a cuidar lo que cobra valor para nosotros, perderemos el arraigo. En un mundo violento y salvaje, que ya no guarda ni el mínimo respeto por la ecología o la vida humana, es importante rehabilitar los valores de pertenencia. Y si uno atesora un reloj o una estilográfica a lo largo de los años, está haciendo toda una declaración de intenciones. También la conservación del paisaje, la adecuación de un hogar, acompañarse por un cuadro o alguna fotografía, no es fetichismo, sino formas de declarar tu vínculo con la vida. Los otros también jalonan tu peripecia vital y es enriquecedor reencontrarlas y compartir el paso del tiempo sobre ellos a la vez que sucede sobre ti. Los objetos han perdido prestigio. La fabricación de copias pirata de todo producto en la China ha degradado su posibilidad de envejecer, por eso a la hora de incorporar nuevos elementos a nuestra vida íntima es asombroso que no tengamos en cuenta su duración, su calidad, su precisión, que no denunciemos la obsolescencia programada. El uso continuado y fiel de algo nos hace personas merecedoras de confianza. Así uno dice adiós a sus botas, pero dice adiós a un pedazo de su propia historia.

Temas: David Trueba