La rueda

Cantando victoria

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En este mayo de júbilo azulgrana no paro ni me canso de recibir memes ingeniosos ni de escuchar y leer las crónicas laudatorias y azucaradas que glosan el gran momento que estamos viviendo. No es normal, pero es comprensible. Hemos ganado la Liga y, en una temporada para enmarcar, estamos a un paso de ganar todo. Ya me perdonaréis, pues, si no hago ningún esfuerzo para disimular esta euforia exagerada, poco ejemplar y nada edificante que, por momentos, me domina. Es la consecuencia lógica e inevitable de la impúdica pasión y sana irracionalidad que me provoca el Barça. Y como no soy el único, pienso que, para ir bien, tendríamos que reflexionar. Si lo hiciéramos, tal vez veríamos que es a causa de los goles de Messi, que tienen el extraño poder de inundar los cerebros culés de un baño de endorfinas similar al del enamoramiento... De ahí tanta pasión, tanta literatura y, digámoslo todo, tanta tontería.

De todos modos, para poner algo de cordura en medio de tanta locura, no deja de ser curioso cuán frágil, inestable y azaroso es este castillo emocional que acostumbramos a levantar en torno a un equipo que muchas veces gana, pero que, de vez en cuando, también pierde. Este año, sin ir más lejos, si revisáramos lo que dijeron y escribieron tras algunas sonadas derrotas los mismos que ahora cantan excelencias, no creeríamos que estamos hablando del mismo equipo, el mismo entrenador, ni de los mismos jugadores. Y es que en esto del fútbol, como en la política, ganar es el único verbo que conjugamos en primera persona del plural. Dicen que la historia la escriben los vencedores. Más bien, diría, que se escribe sobre las victorias. Las derrotas solo son memorables si esconden, en el fondo, algún tipo de victoria moral. Las derrotas-derrotas no merecen ni cantos ni memoria. Por ello, pensando en el eterno rival, la satisfacción culé aún es mayor estos días. ¡Y que dure!