24 nov 2020

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La rueda

20% creatividad, 80% burocracia

Juli Capella

La proliferación de reglamentación no logra mejores proyectos sino mediocridad

Tanto para reformar un baño como para erigir un rascacielos hace falta un proyecto. Este se compone de una parte creativa y otra con documentación complementaria. Cuando empecé la carrera de arquitectura, la parte creativa era sin duda crucial. La otra derivaba según el concepto pergeñado. Visitando algún estudio de proyectistas afamados pude comprobar como por entonces dedicaban su mayor esfuerzo a conseguir una distribución ingeniosa y a elaborar detalles constructivos inteligentes. Luego los ayudantes hacían el papeleo pertinente. Es decir, se invertía un 80% de energía en hacer un buen proyecto y el restante 20% en justificarlo.

En apenas 30 años la proporción se ha invertido drásticamente. Los despachos actuales (ya no estudios, sino más bien gestorías de obras) se dedican principalmente a analizar normativas, a justificar ordenanzas, a rellenar impresos... Lo mismo pasa para abrir una tienda o montar una empresa. Definitivamente, ha ganado la sociedad burocrática del papeleo; por mucho que alardeen de smart city, va ganando fuerza la idiot city. Todo debe estar supervisado por los diversos departamentos de las diferentes consejerías, regidurías, organismos de control y demás entelequias que van creciendo y extendiendo su red. Si no ponen pegas a los proyectos, ¿de qué van a vivir?

Estoy a favor de la reglamentación, es obvio. Pero es triste comprobar como su proliferación no consigue mejores proyectos sino mediocridad. Ahora reina no el más talentoso, sino el más espabilado. Aquel que sabe bordear las normas más eficazmente haciendo lo más estándar posible para no tener problemas. Hacer un buen proyecto cumpliendo la inmensa retahíla de normas dispersas, duplicadas, contradictorias y a menudo absurdas -como reconocen los propios burócratas- está resultando arduo y aburrido. Y lo peor: embrutece nuestra sociedad.

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