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La rueda

La Catalunya autónoma, en el diván

Enric Marín

Una vez ya ha pasado por la comisión de investigación del caso Pujol toda la familia, puede hacerse una primera evaluación. Y ya se puede afirmar que el balance es más positivo de lo que inicialmente era previsible. Se ha argumentado, con razón, que el formato no es el más adecuado. También se ha hecho notar que las intervenciones de los diputados no siempre han tenido la preparación y nivel deseables. A la vista de todo ello, algunos analistas y opinadores mediáticos han concluido que se trata de un ejercicio inútil o contraproducente. No estoy de acuerdo. Es evidente que las intervenciones de los diferentes miembros de la familia han sido muy condicionadas por las estrategias de sus abogados. Sin embargo, el planteamiento y el registro de las diferentes intervenciones han sido suficientemente diversos para deshacer la imagen de clan. También para desacreditar algunas deformaciones de cierto periodismo de trinchera y brocha gorda. Por otra parte, las intervenciones de otros comparecientes han tenido un interés indudable. Pero, por encima de todo, la comisión está teniendo una función catártica. Se ha convertido en un ejercicio de autoanálisis de la Catalunya autónoma surgida de la transición.

Hace años que sabemos que el modelo de la Catalunya autónoma está agotado. Pero la radiografía que dibuja la comisión describe crudamente algunas de las patologías estructurales de la arquitectura autonomista. No se trata de patologías exclusivas. De hecho, son muy parecidas a las que sufren el Estado y resto de comunidades. La diferencia básica es que Catalunya es capaz de hacer este ejercicio de introspección crítica. Un ejercicio difícil, pero imprescindible para dar consistencia al proceso constituyente que Catalunya puede abrir, si la voluntad democrática mayoritaria así lo decide.

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