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Tribuna

Democracia económica o capitalismo de amiguetes

Joan Herrera

Con el 'plan Juncker' se reproduce en Catalunya un modelo de relaciones entre políticos y grandes corporaciones

Capitalismo de los amiguetes, así definió Ernesto Ekaizer el modelo en el que vivimos ante la comisión Pujol. Un modelo donde se generan ciertas relaciones entre políticos y empresas, las grandes corporaciones, cuando estas necesitan determinadas cosas saben a quién acudir, y cuando los políticos necesitan dinero también saben a qué puerta llamar. Allí se explicó que es en Catalunya donde el modelo de corrupción se ha perfeccionado más desde un inicio, relacionándose poder y estructuras de poder.

Pero si esta es la tozuda descripción de la realidad de expertos, analistas y algunos -demasiado pocos todavía- grupos políticos, son muchos los que han situado este capitalismo de amiguetes como una cuestión del pasado mientras ahora nos dicen que son la administración más transparente o intentan situarlo como una práctica muy española.

La realidad ha querido que con el plan Juncker nos hayamos encontrado con el ejemplo paradigmático de un modelo de capitalismo de amiguetes protagonizado por el actual Gobierno de Artur Mas. El plan Juncker es un plan de inversión que pretende movilizar 315.000 millones de inversiones privadas a partir de 21.000 millones de euros de dinero público europeo en forma de garantías. De este plan ahora toca que cada Estado miembro haga una lista con peticiones de proyectos para presentar. La petición española que ha hecho el Gobierno central reclama proyectos por valor de 52.971 millones de euros. En paralelo, el Gobierno de Rajoy, de forma torpe, instó el 7 de noviembre a las comunidades autónomas a presentar su listado.

¿Y cómo lo ha hecho el Gobierno de CiU, el autoproclamado más transparente de los gobiernos? Ha decidido hacerlo sin ningún debate ni transparencia. Ha propuesto un puñado de inversiones con opacidad absoluta. Para determinar este listado debería haberse dirigido a actores sociales y económicos. Pero no lo ha hecho. Han tirado de teléfonos y de contactos. Por tanto a la opacidad se le suma la arbitrariedad. Y así, se reproduce en Catalunya el capitalismo de amiguetes un modelo donde se generan relaciones entre políticos y grandes corporaciones, y cuando estas necesitan determinadas cosas saben a quién acudir, y cuando los políticos necesitan dinero también saben a qué puerta deben llamar. Así, la propuesta va asociada a inversiones de cientos de millones vinculados a Endesa, Indra, Vodafone y Telefónica entre otras.

Como casi siempre, la opacidad y la arbitrariedad juegan a favor de aquellas grandes empresas y corporaciones que ostentan una posición de dominio en multitud de sectores ignorando y marginando el tejido productivo de pequeñas y medianas empresas, con mucha más capacidad de generar empleo y de innovar y mejorar el tejido productivo del país. Un Gobierno que dice trabajar para la pequeña y mediana empresa pero que se relaciona a la perfección con las empresas que aparecen como principales portadoras en donaciones, con vínculos y puertas giratorias y estrechos vínculos con quien hoy -y casi siempre- ha ostentado el poder .

Pero ante este hecho no solo hay que denunciar, que también. Hay que decir que hay alternativas. Y estas pasan por que la democracia llegue a las decisiones económicas. Avanzar hacia una democracia económica que permita que las orientaciones económicas se tomen en función del interés general, y no en función del interés particular.

Decidir un volumen tan grande de inversiones públicas en Catalunya, que pueden conllevar la definición de muchos puestos de trabajo, de un modelo productivo y de un impacto en el territorio con infraestructuras de calado merece, como mínimo, un debate abierto, transparente, con mucha más democracia que la que ha hecho el Gobierno de Artur Mas y con la implicación y participación de los agentes económicos, sociales y políticos del país.

El añorado Miquel Caminal escribía el año 2007 que «la desigualdad es consustancial al capitalismo de la gran corporación. Y la única vía para combatirla es la democracia económica. Política y economía van juntas, no hay una sin la otra. Pero la política debe fijar las finalidades y la economía poner los medios. La democracia política exige la democracia económica. De lo contrario, vamos hacia el debilitamiento de nuestras democracias». Y lo que se trata hoy es de crear los mecanismos, los contrapoderes, y la hegemonía social, política y cultural para que democracia y economía vayan de la mano.