La transformación de la conciencia política

Propósito de enmienda

Son tiempos para una regeneración democrática basada en la convicción de que otros valores son posibles

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Nunca tomes más de lo que das

Elton John

La cultura tecnocientífica surgida del capitalismo, y al que presta un interesado soporte, supone una amenaza creciente para los valores éticos y para la paz, la igualdad y la democracia. La globalización, la competencia agresiva y la priorización del beneficio empresarial, revestidos por los gurús neoliberales de un aura de progreso, han destruido las auténticas redes sociales con su feroz promoción del consumismo y la obsolescencia programada. Las semillas de esta reflexión fueron sembradas a mediados del siglo pasado por intelectuales conscientes de la amenaza del crecimiento ilimitado y horrorizados por la reciente devastación bélica y, en especial, por la bomba atómica que no solo propició la primera destrucción masiva sino que golpeó con similar contundencia la conciencia ética occidental. Destacan entre ellos HeideggerArendt y el Club de Roma a quienes deberíamos volver de vez en cuando para entender la ruta que hemos emprendido hacia ninguna parte.

Desde entonces, las críticas al sistema científico-capitalista han sido recibidas con escepticismo por una amplia clase media testigo de la ineficiente crueldad de las ideologías totalitarias y beneficiaria del desarrollo tecnológico y del Estado de bienestar. Pero la clase media mengua a pasos agigantados, el Estado de bienestar retrocede, nuestra esperanza de vida se estanca y, respecto a la autodenominada revolución tecnológica, ha llegado la hora de los rendimientos decrecientes. Cada vez gastamos más para mejorar menosLa reacción no tardará en llegar. Nos va en ello la dignidad, el bien común y la supervivencia del planeta.

Son tiempos para el cambio o, mejor dicho, se acerca un cambio de tiempo y de tempo. Ya lo escribió Bob Dylan pero el poder siguió a lo suyo: nunca escucha a los profetas que cantan en los pasillos del metro. Y así nos va. Mucho teléfono inteligente pero poca inteligencia -y mal empleada- entre la élites que dominan el cotarro y que han dimitido de sus responsabilidades sociales. Políticos de todo pelaje y economistas del día a día insisten en hablar de crisis coyunturales, pero quién hoy no se da cuenta de que el mundo muestra graves contradicciones en las esferas económica, ideológica, ética y ecológica y de que la política ha sido secuestrada por las multinacionales, la lista Forbes y sus medios de comunicación. Solo aquellos que viven con una venda en los ojos.

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Pero la luz es cada vez más cegadora y las evidencias, contundentes: lean, por ejemplo, a KleinJudtPiketty o Felber. Se avecina un despertar de las conciencias. Llegan tiempos propicios para que los ciudadanos recuperemos nuestra capacidad de decisión, ahora simple e irresponsablemente delegada en partidos, instituciones y empresas que ignoran los desequilibrios sociales que ellos mismos han creado gracias a privatizaciones corruptas, deslocalización de empresas, especulación bursátil, blanqueo de dinero o tráfico de capitales. Así, la democracia se ha convertido en un escaparate tras el que se esconde la caja negra desde donde se ejerce el poder con una agenda oculta. Son tiempos para una ineludible regeneración democrática basada en la convicción de que otros valores son posibles. Esos valores no serán -no pueden ser- segregados por un sistema que agoniza de materialismo (más extremo, menos filosófico, más egoísta que el que iluminara al propio Karl Marx), sino por conocimientos y prácticas enraizadas en nuestra rica tradición humanística. Europa debe recuperar su acervo cultural para ponerlo no al servicio de la ganancia ilimitada, sino del bien común basado en la cooperación, la igualdad, el reparto del trabajo y la limitación de la propiedad privada.

El patético y miope olvido de la filosofía, de la religión o del arte en la enseñanza secundaria por parte de la tecnociencia mercantilista, es un serio obstáculo a experiencias fundamentales para el desarrollo y la felicidad personales que nada tienen que ver con riqueza o competitividad. Es también lamentable la deshumanización y docilidad que impregnan los estudios universitarios, en otro tiempo fermento de la crítica cultural. Nuevos valores y métodos para la economía y la política y un propósito de enmienda que deberían expresar inequívocamente quienes pretendan ganarse nuestra confianza y nuestro voto. Si no, seguiremos con más de lo mismo y lo que podría ser un camino pacífico, alegre y comunitario hacia otras formas de autoorganización social acabará en más desigualdad y pobreza y sus inevitables secuelas: guerras, presión migratoria, delincuencia y degradación de nuestro entorno.