02 abr 2020

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La ley de la gravedad

Joan Barril

De pronto, el frío. Había llegado de pronto y le había pillado desprevenido. En su pequeña mochila de indigente, Sam solo llevaba ropa de verano. Tampoco hacía sol. Se detuvo en la esquina habitual en la que pedía una limosna con un cartel de primorosa caligrafía en la que contaba sus desgracias. Antes de ser únicamente Sam, era el doctor Samuel Saturno, eminente físico de una universidad extranjera que le daba cátedra, despacho y un razonable sueldo.

El día que el doctor Saturno empezó a convertirse en Sam fue a raíz de una demanda de divorcio planteada por su esposa. Todos los ahorros fueron a manos de los abogados y, al acabarse el dinero y continuar las minutas, el doctor Saturno todavía tuvo tiempo de embarcar en un vuelo de bajo coste para llegar a su ciudad natal y encontrarse que toda su familia y sus amigos habían sido vencidos por una inexplicable amnesia. Desde entonces, Sam, mendigo aspirante de primera clase, escribía su historia en un cartón y malvivía con los excedentes enfriados de la hamburguesería de la esquina. La playa era su última cama y el mar su lavabo infinito. Era verano.

Pero de pronto había llegado el frío y Sam temía tener que introducirse en el metro, porque allí las plazas de mendigo formaban parte de una larga tradición y los intrusos recién llegados al mundo de la pobreza no eran bien vistos por los veteranos. Lo importante era pasar la noche a cubierto del frío y de la llovizna. La providencia no le abandonó: la ciudad que le acogía acababa de pasar por la llamada fiesta de la democracia.

Una campaña electoral con poco entusiasmo había dejado las farolas llenas de cartelones con las caras de los candidatos. Sam comprobó que se trataba de papel impermeabilizado. Con 10 o 12 de aquellos carteles que incitaban al voto se creaba un espacio estanco y cálido donde dormir refugiado de la ventisca. Sam pensó que era la primera vez que la política le daba alguna cosa. Cada noche, con su bocadillo se instalaba en un solar e intentaba domesticar a los gatos y la última cosa que veía antes de caer dormido era el rostro sonriente del candidato de los carteles.

Sam se acostumbró al frío y consiguió que los gatos montaran guardia frente a su improvisada tienda de carteles. Hasta que una noche, entre maullidos de alarma, advirtió que otro indigente había llegado a su solar y se disponía a acampar. De natural generoso, Sam consideró que no se podían poner puertas al mundo de la pobreza. Al amanecer del día siguiente fue a dar la bienvenida al recién llegado. Era un hombre de su edad. Una barba descuidada le ensombrecía el rostro. Todavía llevaba en torno al cuello blanco una corbata raída. No era un pobre vocacional. Era evidente que su nuevo compañero había pasado, como Sam, por un cataclismo de los sentimientos y la cuesta abajo había sido imparable. Pactaron administrar su escasez mutua. Nadie sería el jefe de nadie y ninguno de los dos haría preguntas sobre su pasado, conscientes de que todos tenían tal vez algo de lo que avergonzarse.

Hasta que un día, tras un afeitado de urgencia, apareció el semblante envejecido de su compañero. Era el mismo que campaba en los carteles electorales que servían de techo a Sam. «Pero, ¿tú no eres ése?». Admitió que lo era. Pero ya es sabido que el éxito tiene muchos padres, mientras que el fracaso es huérfano. Desde aquel momento empezaron a renacer.

El nuevo 'homeless' empezó a aplicar la ley del mercado y Sam se dispuso a vencer la ley de la gravedad. Con las limosnas se compraron trajes nuevos. Jugaron a la bolsa. Alquilaron un local. Asesoraron, especularon, sedujeron a los poderosos, participaron en concursos televisivos y acabaron comprando el solar que les había acogido. Cuando años después volvió a llegar el frío, Sam y el candidato vencido ya volvían a estar a cubierto.

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