10 ago 2020

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El radar

Hablar por el mudo

Joan Cañete Bayle

Nadie reivindica a los que votaron 'no' o 'sí/no' pero Rajoy sí se apropia del silencio de quien no votó

El problema que tiene poner urnas sin que se celebre una votación de verdad es que los números -ya de por sí dotados de una enorme flexibilidad cuando son lanzados a la arena política y electoral, esas noches de domingo en las que todos los políticos ganan- sirven para todo. Es lo que sucede con las cifras del proceso participativo del 9-N: sobre un censo oficial de 6.228.531 personas (sin contar a los que votaron en el extranjero y a los que lo siguen haciendo, ya que el proceso está abierto hasta el día 25), 1.861.752 personas votaron sí/sí, 232.142 votaron sí/no y 104.772 votaron no.

Buscando titulares prudentes: 2.305.290 votaron, así que al menos esa es la cifra de catalanes a favor de ejercer el derecho a decidir a fecha del 9 de noviembre del 2014, de la misma forma que no es aventurado afirmar que al menos 1.861.752 personas es el número de catalanes partidarios del sí/sí, es decir, a favor de la independencia. Pero no estamos en tiempos prudentes, así que los titulares son cualquier cosa menos eso, prudentes. Esas 2.305.290 que votaron, esas 1.861.752 que dijeron sí/sí sirven al mismo tiempo para afirmar que el 9-N fue un éxito y un fracaso del soberanismo, para sostener que el proceso debe seguir dado su amplio respaldo popular y que el proceso debe terminar ya dado su escaso respaldo popular. Es una conversación que no es tal, son soliloquios que se acumulan, un debate del nivel de una tertulia futbolística no de bar (un respeto) sino de plató jugón, de esas en las que el penalti lo es o no dependiendo del color de la camiseta.

Confeso aficionado al fútbol, no es raro que Mariano Rajoy alimente este tipo de debate con toda la fuerza del altavoz de la Moncloa al afirmar que «en Catalunya hay muchísimos más catalanes que independentistas» y que el 9-N fue un «fracaso» porque «dos de cada tres catalanes ni siquiera se han molestado en participar». «El Gobierno español parte de una premisa falsa: todos los que no votaron  están a favor de la permanencia de Catalunya en España -escribe Joan Ribot desde Palamós-. Eso es tan falso como que 2 y 2 son 22. Me gustaría saber los resultados de la votación en un referéndum oficial». Y Pedro Martínez, de Barcelona, abunda: «Suele ser estrategia de la derecha atribuirse la voluntad de quien no vota (...). Hablar por el mudo es indecente. Uno puede discutir sus razones, pero meterlos a todos en el mismo saco es demagogia».

Nadie reivindica a quienes votaron no sí/no en el proceso participativo; en cambio, desde el bando del no se reivindica a esos mudos a los que se refiere Pedro Martínez, esa «mayoría silenciosa» en terminología del PP que se empeña en guardar silencio. Ese silencio, argumenta Rajoy, equivale a un no no solo a la independencia, sino a la demanda misma de consulta. Leyendo a decenas de ellos que han escrito esta semana, resulta cuanto menos aventurado afirmar algo así. Hay mucha gente, es cierto, que no participó en el 9-N porque se opone al proceso. Pero también hay otros muchos con otros motivos: no era una consulta de verdad, no tenía garantías democráticas, en realidad era una performance exclusivamente independentista. Sí, hay mucho no entre los que no participaron, pero también mucho sí/no y, al ritmo que vamos, ¿cuántos sí/no de hace un año fueron un sí/sí el pasado domingo? «Confieso que no voté en el 9-N- escribió Javi Vega, de Mataró-. No lo hice porque creo que mi derecho a no votar es tan válido como el derecho de otro a hacerlo. Además, no considero lógico ceder mis datos a asociaciones privadas con objetivos claros. Pero me alegro de que mis amigos pudiesen hacerlo, aunque fuera de manera descafeinada. Si el referéndum hubiese sido a la escocesa, hubiese votado sin dudarlo». Lo del domingo no fue un referéndum, fue un acto reivindicativo que tuvo un éxito indiscutible. Para contarnos, los hablantes y los silentes, solo sirven las urnas. El resto, tertulia de plató jugón.