Inestabilidad política y violencia en Oriente Próximo

La contrarrevolución del EI

Las contradicciones internacionales y de los países de la región favorecen el terror del Estado Islámico

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El pasado 26 de octubre Túnez celebró las primeras elecciones legislativas según la nueva Constitución surgida del proceso de cambio político iniciado en el 2011. Era la última esperanza de una primavera árabe primavera árabeque fue aplastada en Bahrein, que se desangra en Libia, que no sale adelante en Yemen y que volvió al pasado en Egipto, donde el ejército sigue ostentando el poder político y económico y persiguiendo a los Hermanos Musulmanes con la aprobación de Riad y la condena de Ankara y Doha. En Siria, la primavera desembocó en guerra civil y -ante la pasividad de la comunidad internacional- con la presencia del Estado Islámico (EI) en buena parte del país. En Irak las protestas sunís contra la política sectaria de Nuri al Maliki dieron alas al EI. En un año, el grupo ha extendido su autoproclamado califato por las provincias sunís y ha borrado las fronteras de Sykes-Picot ocupando un territorio que abarca desde las proximidades de Alepo (Siria) a Mosul (Irak). Así, mientras los tunecinos votaban, los kurdos sirios libraban una dura batalla contra el EI en la ciudad fronteriza de Kobane. Mientras en Túnez se consolida la primavera árabe, en Oriente Próximo triunfa la contrarrevolución.

El Estado Islámico, sucesor del grupo vinculado a Al Qaeda de Abu Musab Al Zarqaui, muerto por un bombardeo estadounidense en el 2006, revivió con la guerra civil siria con un nuevo nombre, Estado Islámico de Irak y el Levante (EIIL) -ahora EI- y un nuevo líder, Abu Bkar al-Baghdadi. Este rompió con la dirección de Al Qaeda, que quería dejar el frente sirio en manos de su rama local, el Frente al-Nusrat, y le exigía limitar sus acciones a Irak. Un año después, el EI se extiende por Irak y Siria, ocupa ciudades, vías de comunicación y yacimientos de petróleo, amenaza Bagdad y tiene el apoyo de grupos yihadistas del Magreb, Nigeria, Libia y Pakistán.

Es una contrarrevolución no solo por la distorsionada y brutal interpretación que hace el EI del islam, que aplica la sharia en su versión más radical y antiislámica contra los chiís y contra los no sunís llevando el principio del takfir -una autoproclamada vanguardia religiosa excluye de la Umma y, por tanto, elimina a los malos musulmanes- mucho más allá de donde había llegado Al Qaeda, sino porque también utiliza el terror como mecanismo de control y propaganda. Así practica ejecuciones públicas y difunde por la red sus acciones con una doble finalidad: las decapitaciones de occidentales son para socializar el terror entre la opinión pública mundial con el objetivo de evitar una intervención militar de la comunidad internacional; los vídeos de batallas o conquistas (como Flames of War) son para conseguir nuevos adeptos y apoyos y para socializar el terror entre las poblaciones ocupadas o en situación de serlo.

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La expansión del EI ha sido posible porque la población suní se siente oprimida por los regímenes de Bashar al Asad y de Maliki. En Irak, un país destrozado por tres décadas de guerra y embargos, la comunidad suní se ha visto excluida del poder (en Siria lo ha sido siempre) y condenada a jugar un papel residual en el nuevo Irak surgido de la invasión del 2003 que sancionó la división del país entre chiís, kurdos y sunís. Además, la obsesión de Riad y otras capitales de la península arábiga con la formación de un arco chií (Teherán, Bagdad, Damasco, Beirut) facilitó al EI la obtención de financiación y de armas. Ahora estos recursos provienen de los territorios ocupados: petróleo (un millón de dólares diarios); armas abandonadas por el ejército iraquí (chií) en su huida de las ciudades ocupadas; confiscaciones de bienes e imposiciones sobre las poblaciones, secuestros ... Una derivada inquietante es el fuerte poder de atracción que tiene el EI sobre las nuevas generaciones de musulmanes occidentales, que ha dado lugar a redes de reclutamiento muy activas en Europa y el fenómeno de los lobos solitarios.

Asimismo, las contradicciones de la comunidad internacional y de los países de la región favorecen al EI: ha sido imposible acordar cómo actuar en Siria; Turquía apoya a los peshmergas kurdos, pero no a las milicias del PKK mucho mejor preparadas; las diferencias entre Arabia Saudí y Qatar en torno de las primaveras árabes impiden cualquier acuerdo de acción sobre el terreno... En suma, la contrarrevolución puede acabar desestabilizando Oriente Próximo (el EI ya está presente en el norte del Líbano) y dando lugar a nuevos estados fallidos. Habrá que ver si la comunidad internacional puede frenar la expansión y si los países árabes son capaces de entablar un combate que no es solo militar, sino sobre todo ideológico. Mala cosa es que los regímenes fundamentalistas de la península arábiga deban ser los que detengan la contrarrevolución.