LA GENERACIÓN ELÉCTRICA LOCAL

Centralizados o distribuidos

La pereza, la ambición y el exceso de fantasía son enemigos de la imaginación renovadora

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Los grandes hospitales generalistas son cosa del pasado. Pertenecen a los tiempos en que la preocupación de la sanidad era combatir las enfermedades, más que favorecer la salud. La enfermedad, 'et pour cause' la medicina terapéutica, representan el fracaso de las buenas prácticas higiénico-sanitarias. La salud se consolida en la vida cotidiana correcta, los terapeutas solo deberían entrar en juego cuando, excepcionalmente, la salud quebrara. "Más vale prevenir que cura"», sentencia acertadamente el dicho popular. En todo caso, ¿qué sentido tiene tratar menudencias en un gran hospital equipado para hacer frente a grandes contingencias?

Los grandes hospitales generalistas con poca orientación profiláctica y mucha asistencia primaria responden a un anticuado concepto centralizado del ejercicio médico. En general, la descentralización rejerarquización de funciones atendiendo al principio de la subsidiaridad es una tendencia emergente y seguramente imparable. Afecta a otros dominios además de la sanidad, como a la política o a los sistemas de tratamiento de aguas residuales y ulterior aprovechamiento del agua tratada. O al mundo de la energía. Un siglo después de empezar a dotarnos de grandes plantas centralizadas de generación eléctrica, estamos descubriendo las ventajas de lo que ya tuvimos, o sea, la generación distribuida. Claro que hoy hablamos de generación distribuida 2.0, no de aquellos alternadores acoplados a viejas ruedas hidráulicas de un molino harinero.

A comienzos del siglo XX, tras ásperas discusiones, la corriente alterna se impuso a la continua. Entonces se soñaba con grandes centrales eléctricas, especialmente con grandes centrales hidroeléctricas. Solo podían ubicarse en las montañas, lejos de grandes centros de consumo, por lo que el transporte eléctrico era inevitable. Esta es una de las razones del triunfo de la corriente alterna. Las centrales termoeléctricas, por la contaminación atmosférica asociada, y desde luego las nucleares, también tendieron a situarse lejos de grandes núcleos habitados, por lo que la corriente alterna se reveló como la mejor opción. Pero la evolución tecnológica y los males climáticos ligados a la generación térmica han ido cambiando el panorama.

Muchos de los formatos sociales o tecnológicos que nos conciernen responden a decisiones de nuestros abuelos, tomadas en otro momento y en otro contexto. A menudo no nos convienen ahora, pero ya nos acostumbramos a ellos. Por desconocimiento o pereza, propendemos a creer que son las mejores soluciones posibles, acreditadas por medio siglo o un siglo de recorrido. Es al revés: precisamente porque son opciones de hace cien años deberían ser revisadas a fondo. Inmersos en el enorme problema global del cambio climático y en un momento de constantes mejoras en la eficiencia de los sistemas de captación eólica y fotovoltaica, habría que preguntarse si no nos conviene rescatar la corriente continua con la que a la postre funcionan los trenes, los ordenadores, los móviles o el coche eléctrico que tarde o temprano todos tendremos. Una corriente continua, además, que puede provenir de nuestros captadores fotovoltaicos.

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Algunas de las soluciones técnicas actualmente disponibles contrarían hábitos sociales o intereses empresariales. Se comprende, pues, que haya resistencia a implementarlas. Pero venciendo la pereza e invitando a las compañías a no encasillarse en fórmulas de negocio del pasado, los cambios positivos pueden llegar. Los edificios convencionales tienen una demanda de 150-200 kWh por m2 y año, pero sabemos hacer edificios tanto o más cómodos con demandas de 50-70 kWh/m2/año, es decir tres veces menos. Con esas demandas, podrían funcionar, o casi, con energía capturada localmente (fotovoltaica o minieólica). Las baterías de los autos podrían recargarse con corriente continua directa o previamente acumulada. No es necesario generar en la misma casa, puede hacerse en el mismo barrio o cercanías, pero no hay por qué depender de generaciones lejanas, ni de costosas líneas de transporte que, encima, presentan pérdidas considerables por el inevitable 'efecto Joule' (calentamiento de cables).

Para según qué escalas, las cuentas cuadran. Para otras (lugares de muy alta demanda), no tanto o nada. Seguramente habría que compatibilizar los dos sistemas, pero el aumento de complejidad queda compensado por los ahorros globales y los beneficios socioambientales. No tiene sentido extasiarse con las famosas smart cities como almacenes de gadgets innecesarios y no exigirles la gestión compleja de microrredes. Y es que, sobre perezosos y mezquinos, a menudo somos fantasiosos en vez de imaginativos. Es decir, poco modernos. Pero podemos serlo.