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Análisis

Sellar la fractura

Carlos Carnicero Urabayen

A pesar de la clara victoria del no, sería un error dar por amortizado a Salmond o incluso pensar que la cuestión de la separación del Reino Unido queda enterrada para siempre

Los problemas no terminan el día en que los cónyuges, al borde del divorcio, deciden seguir viviendo juntos. Los escoceses, en un proceso de extremada madurez, han decidido continuar su matrimonio polígamo con sus otras partes: ingleses, galeses y norirlandeses. El Reino Unido sigue vivo, pero le aguardan reformas importantes por terrenos desconocidos.

El primer ministro David Cameron ha anunciado que el proceso del nuevo reparto de poder y de transferencia de competencias se pone en marcha de manera inmediata: "Os escuchamos, vamos a cambiar la manera en que somos gobernados los británicos", ha anunciado. En efecto, el proceso puede fortalecer la democracia al acercar el poder al ciudadano, pero tendrá riesgos.

Comienza una suerte de revolución constitucional en un país muy centralizado, que tendrá que articular institucionalmente las competencias entre naciones que están demográficamente muy desequilibradas: Inglaterra compone el 85% de la población del Reino Unido. Habrá mayores competencias para Escocia, pero también para Gales e Irlanda del Norte. El riesgo de que el proceso avive la rivalidad, disminuya la solidaridad y merme la acción estratégica del conjunto no debe ser ignorado. Y el Estado del bienestar ha sido el eje del debate escocés.

La partida ha terminado, todos han aceptado el resultado y el respeto a la ley de la tradición anglosajona debería dar por zanjada la posible separación de Escocia si se producen las reformas para que la autonomía engarce esta fractura. ¿Lo conseguirán los británicos, que hace cien años eran la mayor potencia del mundo pero han estado al borde del quebranto?
 
La fórmula del nuevo Estado no está clara, y hay quienes piensan que debe celebrarse una convención que abra la vía de un Estado federal. Las espinas de la cuestión West Lothian serán difíciles de tragar: puede haber diputados escoceses decidiendo en Westminster sobre cuestiones estrictamente inglesas, pero no diputados ingleses decidiendo sobre esas mismas cuestiones que afectan a Escocia. Los diputados tories están inquietos y vigilan de cerca a Cameron.

Merece ser destacado el papel del exprimer ministro británico, escocés y laborista, Gordon Brown. Ha demostrado que se puede hacer un discurso vibrante patriótico-escocés en defensa de la unidad. "No hay ningún cementerio de guerra en el que no descansen juntas las tropas inglesas, galesas y norirlandesas. Luchamos juntos, sufrimos juntos, nos sacrificamos juntos, lloramos juntos y luego lo celebramos juntos", ha proclamado con su rocosa voz.

A pesar de la clara victoria del no, sería un error pensar que la cuestión de la separación del Reino Unido queda enterrada para siempre. Salmond ha reconocido la victoria y ha anunciado que dimitirá, pero se guarda un as en la manga: "Escocia ha decidido por mayoría, en este momento, no ser independiente". La pelota está ahora en el tejado de Londres.

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